Por Miguel Ángel Mansilla*

La Semana Santa del 2019 ha sido, la semana de la caída del Pastor-Obispo Eduardo Durán. No sólo ha sido desvinculado del gobierno de la Jotabeche, sino que también lo ha sido de sus privilegios de “alto representante de las iglesias evangélicas ante el gobierno”. Ya no es útil para la derecha. Pero Durán sólo es una herencia institucional de la falta de transparencia institucional, algo que comenzó con Manuel Umaña, quien también fue denunciado por el periódico comunista, El vistazo en el año 1963; con la diferencia que el Obispo Umaña era militante de la izquierda, específicamente del Partido Radical. Aquellos que apoyó, fueron los que lo derribaron. Con la caída de Umaña se justificó la posición anti-izquierda y pro-dictadura del siguiente Obispo, Javier Vázquez quien siempre fue protegido por la prensa, por tanto, nunca se dio a conocer su falta de transparencia. En cambio, Durán, al igual que Umaña, los que apoyó se volvieron en su contra. Es de esperar que comience el proceso de “des-derechización” de la Jotabeche.

El desprestigio y caída del Obispo Durán, es un claro ejemplo de la crisis del modelo pentecostal chileno. Esta crisis, no tiene que ver necesariamente con la secularización, sino que se trata de que el pentecostalismo chileno quedó atrapado en un modelo que le trajo grandes dividendos de crecimiento entre los años 70 y 80. Esto tiene que ver con las representaciones militarizadas del ser pentecostal, en donde cada creyente era concebido como un militar y la iglesia un regimiento, regido por el pastor-capitán. Por tanto, el creyente “se cuadraba” frente a su pastor y decía: “si mi pastor”. El gran enemigo era el sistema sociedad-mundo. Esta dicotomía militante-creyente y civil-adversario, se cargaba sobre cada creyente para ir al campo enemigo y rescatar las almas prisioneras. Este imaginario, era alimentado además con una himnología marcial, heredada del protestantismo misionero, pero adaptado a un modelo plañidero y conmovedor. Este modelo marcial y bélico siguió durante toda la década de 1990, pero entrado el siglo XXI, ya dejó de funcionar. Los líderes pentecostales, no sólo no advirtieron que la sociedad había cambiado porque los beneficios los obnubilaron, sino que el carácter de los creyentes, también había cambiado.

Los líderes pentecostales continuaron con este modelo castrense; mientras que los creyentes ni se perciben como soldados, ni conciben a sus pastores como capitanes ni a la sociedad en estado bélico. Este modelo regimental, no benefició a los pastores de las pequeñas iglesias por el sentido comunitario propio del barrio, pero benefició a los pastores dirigentes de las grandes denominaciones pentecostales metropolitanas. Estos líderes ya no sólo se auto-percibieron como capitanes, sino capitanes de capitanes; o más bien como Generales Supremos y, por tanto, recibieron todos los beneficios de tal ostentación. Algunos se beneficiaron de tantas prerrogativas como casas y departamentos de lujos, autos- limusinas, guardaespaldas y con el poder de expulsar a cualquiera que le criticara tales privilegios. Los expulsados eran no sólo enemigos del pastor, sino de la iglesia y de Dios.

La crisis del modelo pentecostal coincide justo con la crisis de las Fuerzas Armadas y de Orden en Chile, quienes también conciben que todos los dineros, lujos, tráficos de influencias, desvíos de dinero, no es corrupción sino beneficios que la sociedad chilena les debe a ellos por “salvar a la patria”, primero de los enemigos externos y luego de “los enemigos internos”. Tanto Generales Pentecostales y Generales de las FFAA, dividen la sociedad entre militantes y civiles y en clases: los de abajo y los de arriba; los oficiales y los suboficiales; los pastores comunes y los de arriba. Viven de los réditos del imaginario de un pasado glorioso, sustentado en las invenciones y re-invenciones de mitos fundacionales, que sólo los beneficia a ellos. Ambos, (mal)administran los recursos que no les pertenecen: uno del Estado y los otros de la Iglesia. Gobiernan con un modelo patriarcal y misógino recurriendo así al modelo familístico: la familia militar y la familia eclesiástica, las cuales conciben como superior a la familia con-sanguínea. Finalmente, reducen toda crítica a los traidores o bien a los izquierdistas o más bien al marxismo cultural.

Pese a lo que siempre han pensado los sociólogos, los creyentes pentecostales no son pasivos ni las mujeres las sumisas de los predicamentos del pastor. Por el contrario, los creyentes siempre han sido despiertos y conscientes de la falta de transparencia de los diezmos y ofrenda de las iglesias, especialmente le pentecostalismo nacional, para quienes el diezmo pertenece o los administra únicamente el pastor o algún “contador designado por él”, que no rinde cuentas a la iglesia. En el pasado, esta falta de transparencia era la justificación de los líderes que salían de sus iglesias junto a un grupo de creyentes, para fundar una nueva iglesia, pero reproducían el mismo modelo (in)transparente. No obstante, la experiencia la “Semana Santa” 20/4 ha mostrado que los creyentes pentecostales, no están dispuesto sólo a marcharse de la iglesia, sino a rebelarse contra el Pastor, quien alega que ha “sido puesto y elegido por Dios y por tanto sólo él lo sacará”, pero como tantas veces, “la voz de Dios es la voz del pueblo”. Esperando que esta rebelión contra el Pastor-Obispo Durán sólo sea un inicio; que se extienda por todo el pentecostalismo chileno, para transformarse en una administración transparente y que entiendan que Dios los puso y Dios lo expulsará de su reinado.

*Sociólogo y Dr. en antropología. Investigador del Instituto de Estudios Internacionales (INTE) de la Universidad Arturo Prat, miembro de la Iglesia Asambleas de Dios en la ciudad de Iquique, Chile.

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