Por Luis Aránguiz Kahn*

Un monstruo recorre Latinoamérica. Y no es ni el Leviatán de Hobbes, ni el fantasma del comunismo de Marx. Se trata de una entidad bastante menos espeluznante, pero lo suficientemente incomprendida como para ser el objeto de preocupación de la autocomplacencia liberal-progresista. Me refiero al monstruo neopentecostal.

¿Qué es un neopentecostal?

Un neopentecostal es una persona que adhiere al movimiento religioso que llamamos “neopentecostalismo”, término acuñado por investigadores para caracterizar a un segmento de creyentes que se agrupa bajo un tipo de iglesia evangélica con una liturgia modernizada en que se usa batería, guitarra eléctrica; un marcado interés por utilizar los medios de comunicación; con una “teología de la prosperidad” que consiste básicamente en decirle a las personas que mientras más dinero ofrenden, Dios más los prosperará; una teología de la “guerra espiritual”, según la cual la realidad humana es concebida como un espacio en el que interactúan entidades espirituales que son las que, finalmente, la rigen, por lo cual corresponde combatir espiritualmente a las demoniacas; y una “teología del dominio” que afirma que los cristianos están llamados a gobernar todas las áreas de la sociedad y, obviamente, la política. En general, un neopentecostal no se identificará a si mismo bajo esa categoría. Ya el solo hecho de imponerla para analizarlos podría considerarse un problema teórico, a lo menos. Hay tantas variedad de creyentes -a veces incluso contrapuestos- que se ajustan a este término, que su uso solo tiene sentido atendiendo a esta dificultad.

¿Qué es lo monstruoso de su política?

Lo monstruoso de los neopentecostales no es la omnipotencia del estado de un Hobbes ni el poder de la revolución proletaria de un Marx. Es, más bien, a juicio de muchos, su entrada en la política. Desde 2018, esta se hizo especialmente notoria con varios casos de interacción evangélica de orientación neopentecostal con la política institucional de países latinoamericanos. En este contexto, el tema desbordó las discusiones típicamente académicas para instalarse en la discusión pública. Un artículo clave en este cambio fue el que se publicó en el medio estadounidense New York Times el 19 de enero de 2018 bajo el título “Un matrimonio perfecto: evangélicos y conservadores en América Latina”. En él se hace una cuenta general de casos recientes, ya de sobra conocidos como el proceso de paz con las FARC en Colombia, el impeachment a Dilmah Rousseff en Brasil y, desde luego, el apoyo a candidatos en Chile. También se menciona enfáticamente las posiciones evangélicas contra la agenda LGBT y de aborto. Junto con ello, se señala su crecimiento numérico en la región y, finalmente, se cierra con la idea de una alianza entre evangélicos-derechas en función de las causas moralmente conservadoras. En términos generales, estos son los lugares comunes que podrán encontrarse con relativa seguridad en la mayoría de las columnas de opinión y reportajes sobre el tema.

Pero lo que me interesa destacar no es tanto el perfilamiento que se hace de estos grupos, sino más bien la construcción de un imaginario en el que la idea del “monstruo” está lejos de ser una exageración. En efecto, el autor del artículo referido sostiene que:

“el ascenso de los grupos evangélicos es políticamente inquietante porque están alimentando una nueva forma de populismo. A los partidos conservadores les están dando votantes que no pertenecen a la élite, lo cual es bueno para la democracia, pero estos electores suelen ser intransigentes en asuntos relacionados con la sexualidad, lo que genera polarización cultural. La inclusión intolerante, que constituye la fórmula populista clásica en América Latina, está siendo reinventada por los pastores protestantes”.

Esta afirmación contiene dos elementos que se han instalado definitivamente en el análisis del neopentecostalismo en política: que es “políticamente inquietante” y que responde a una lógica “populista”.

Una lectura similar puede encontrarse poco más de dos meses después en un reportaje publicado por el medio británico BBC el 1 de abril de 2018 titulado “Elecciones en Costa Rica: “Elegidos por Dios”, la intensa influencia de las iglesias evangélicas en los comicios de ese país”. En él, se entrevista a la investigadora Gabriela Arguedas asociada a la Universidad de Costa Rica, quien se preocupa especialmente por la corriente neopentecostal porque tiene una “agenda amplia” que “no sólo se limita a una lucha contra los derechos de las mujeres, de las personas sexualmente diversas”. Y añade:

“La aspiración central de estos grupos es llegar a refundar las sociedades según sus ideas de cómo éstas deben organizarse, vinculadas en efecto a algunos modales religiosos y también intereses económicos (…) Estar frente a un partido como Restauración Nacional y un candidato como Fabricio Alvarado que puedan ganar las elecciones, es una situación muy dramática para la democracia”

En este caso, el término clave de la evaluación del caso es el hecho de que la idea de “refundar las sociedades” es una “situación dramática para la democracia”. De este modo, el movimiento neopentecostal es concebido como un actor negativo en el campo político, por su aspiración refundadora, que se caracteriza por su oposición a la diversidad sexual y los derechos reproductivos. De todos modos, el propio Fabricio Alvarado reconoció que si ganaba la presidencia, gobernaría según la constitución y las leyes, y no según la biblia, puesto que esta última dirige las vidas personales.

Un tercer caso digno de atención, es el reportaje publicado por el diario español El País el 13 de abril de 2018, casi dos semanas después del de BBC, titulado: La fe evangélica abraza las urnas en América Latina. En este caso encontramos los típicos elementos mencionados antes, con un aditivo: se menciona el elemento neopentecostal en relación con el candidato mexicano de izquierdas Andrés Manuel López Obrador. Evidentemente, aquí hay un quiebre con el lugar común que sostiene que los neopentecostales entran en relación política con las derechas, de tal suerte que podría pensarse que hay neopentecostales de izquierda.  En el texto referido, se hace la siguiente afirmación:

“El favorito en todas las encuestas, el dos veces candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, decidió unir su formación, Morena, considerada de izquierda, con un partido ultraconservador, Encuentro Social, que defiende la familia como un pilar. La aparente alianza contra natura soliviantó a buena parte de los potenciales votantes y a las bases de Morena, pero no ha tenido aún consecuencias en los sondeos. (…) El líder de Morena pasó, en medio año, de decir que nunca podría estar acompañado por Encuentro Social a proponer, el día que fue ungido como candidato por los ultraconservadores, una Constitución moral para el país.”

En este caso, destaca especialmente la caracterización del partido neopentecostal Encuentro Social como “ultraconservador”, entendido esto último como la “defensa de la familia como un pilar” para la sociedad.

Un último ejemplo es de hace dos meses atrás. El 9 de febrero de 2019, el medio alemán Deutsche Welle publicó una columna titulada: “Democracias en la tenaza de las iglesias neopentecostales”, cuyo título deja claro cuál será la línea argumental. El siguiente extracto no deja espacio a dudas:

“son las nuevas sectas e iglesias fundadas en la misma América Latina las responsables del auge que amenaza no solo la supremacía de la Iglesia católica sino los principios democráticos (…) el movimiento neopentecostal apunta contra el Estado de opinión. El radicalismo de sus ideas apunta contra los logros civilizatorios como la abolición de la pena de muerte, la autodeterminación de la mujer y el respeto a los derechos de las minorías”

El neopentecostalismo es una “amenaza” para los principios democráticos, está contra el Estado de opinión, y “contra los logros civilizatorios”. Dado el lenguaje de este autor, pareciera que el neopentecostalismo no es más que un residuo barbárico, autoritario y antidemocrático que atenta contra las sociedades contemporáneas.

La narrativa neopentecosfóbica

De lo dicho anteriormente, la imagen que puede hacerse del monstruo es como sigue. Los neopentecostales son conservadores moralmente entendiendo esto como la oposición a la agenda lgbt y de derechos reproductivos, son numerosos en la región, tienen una lógica fuertemente militante, desean llegar al poder. Esto se ve agravado por el hecho de que su modo de construir lo político –para usar la jerga de Laclau- es populista; de que su proyecto político es “refundar la sociedad”; de que se ajustan a una ideología política “ultraconservadora”; y de que su lógica es autoritaria. Por todo esto, son “políticamente inquietantes”, colocan en una “situación dramática a la democracia”, y, finalmente, están contra “los logros civilizatorios”.

La línea discursiva instalada por los cuatro medios del primer mundo es evidentemente anti-neopentecostal. No sería descabellado invocar el concepto de “pentecosfobia” de Miguel Ángel Mansilla, para reformularlo como “neopentecosfobia”. Porque los discursos que hemos recogido hasta ahora, tienden a varios puntos comunes: si los neopentecostales son un drama o amenaza para la democracia, entonces son antidemocráticos; si están en contra de los logros civilizatorios, entonces son barbáricos; si son políticamente inquietantes, entonces son un peligro para las instituciones. Esta narrativa neopentecosfóbica ha descuidado una serie de aspectos fundamentales a tener en cuenta para analizar el fenómeno. El caso de las religiones en política lleva siglos de reflexión, y vale la pena revisitar algunas críticas comunes que encuentran eco para este caso particular.

 Entre las críticas más comunes, se puede encontrar el rechazo a la idea de que los evangélicos entren en el campo político. Es decir, si es religioso, debe quedar fuera. Pero que los evangélicos interactúen e incluso que entren en la institucionalidad política no es de suyo problemático. Es más, es del todo esperable que eso ocurra, sobre todo si se considera que la lógica política de las últimas décadas en los países occidentales ha estado marcada por un identitarismo usualmente criticado o justificado como populismo, dependiendo del bloque en el que el evaluador esté. Si los evangélicos se sienten intimidados por una política identitaria progresista, ¿por qué no habríamos de esperar que contesten? Y lo hacen justamente bajo las reglas del sistema democrático.

Por otra parte, está aquella crítica que quiere invalidarlos acusando su falta de expertis política. Si es la expertis el problema, entonces habría que apuntar no solo a los evangélicos, sino a muchos otros grupos que disputan el poder cuya experiencia en materia política también es escasa.

Por último, está aquella crítica que quiere invalidarlos como actores por hacer política en función de la moral conservadora. ¿Cómo podría ser esto un problema? Es imposible liberarse de los conceptos preconcebidos que constituyen la identidad de un sujeto determinado, sin importar su ideología. Este no es un problema de los evangélicos, es de todos los políticos. Que uno defienda la laxitud moral y otro la quiera limitar, es no solo esperable. Después de todo, estamos en una sociedad plural y es normal que los diversos grupos levanten su representación para instalar sus puntos de vista.

Que haya un ascenso notorio de un apoyo evangélico a las derechas, marcado por una lucha de “votar por valores y no por colores”, ¿hace que los evangélicos moralmente conservadores sean de derecha? A veces, da la impresión de que para muchos, simplemente es así. Efectivamente, los evangélicos están votando por la derecha, pero no necesariamente porque esa sea la tendencia que los identifique definitivamente. Más bien, es por “afinidad electiva”, por algunos puntos de cercanía a los que se les ha dado una atención privilegiada.

Si oponerse a solo dos temáticas muy concretas los convierte en antidemocráticos tal como se consigna en la narrativa liberal-progresista, ¿cuán democrático es alguien que se opone a la participación de un segmento numéricamente significativo de la población, por su postura frente a dos temas, basada en una moral religiosa? Como si la democracia misma dependiera de dos asuntos instalados por una agenda particular. Me parece que una afirmación tan descabellada como esa, tiene sentido solo si nos referimos al modelo de la “democracia radical”, que de hecho es un modelo democrático entre muchos otros, y que disputa el valor de la palabra “democracia”, como cualquier otro.

Como producto de todo lo anterior, podemos encontrar varios enfoques distintos y en ocasiones mezclados: los nostálgicos que abandonaron la teoría de la secularización resignados ante una des-secularización; los escépticos aterrados que temen por la supervivencia del laicismo; los optimistas que creen que puede haber un diálogo democrático y civilizatorio; y, por último, los indignados que buscan presentarse como una alternativa ideológica. No puedo dejar de mencionar a los artistas que nos han ayudado a imaginar la distopía de un “gobierno evangélico”. Estos últimos son los más ingenuos porque realmente creen que los evangélicos podrán gobernar solos.

El devenir del neopentecostalismo político

¿Es realmente el problema el hecho de que los neopentecostales quieran transformar la sociedad? Apenas unas décadas atrás, el discurso de transformación todavía estaba en manos de las izquierdas revolucionarias, como también de otras fuerzas políticas. ¿Qué sería de la política sin la firme aspiración de transformar para mejor un país?

¿Es realmente el problema que usen lógicas populistas e identitarias? Apenas unos años atrás, el teórico político argentino Ernesto Laclau intentaba explicarnos las lógicas profundas de este modo de construir política. Es más, sus ideas han sido útiles para las izquierdas después de la caída del Muro de Berlín. ¿Qué sería de las izquierdas contemporáneas sin esa lógica? Si los neopentecostales son un riesgo para la democracia por su lógica populista, ¿por qué no habría de decirse lo mismo de las izquierdas?

Todo indica que para los citados críticos liberales del primer mundo, como para sus versiones latinoamericanas, el neopentecostalismo es un monstruo, no porque entre en política, sino derechamente porque apunta a ideas conservadoras, y en un tópico muy específico que refiere a la moral sexual. Si la lógica populista y la visión transformadora de la sociedad, estuviesen puestas al servicio por ejemplo, del socialismo del siglo XXI ¿sería tan monstruosa su apariencia?

La pregunta que está definitivamente ausente en todas estas visiones críticas del caso, es ¿por qué los latinoamericanos se hacen neopentecostales? Evidentemente, es una cuestión compleja. En un sentido sociológico, puede acusarse la afinidad electiva entre neopentecostalismo con neoliberalismo y globalización. Pero en un sentido antropológico, ¿qué es lo que encuentran los latinoamericanos en esas iglesias, que no encontraron en el resto de ofertas de sentido de las sociedades contemporáneas? ¿Qué elementos de los propios países los hacen optar por esa vía religiosa? Y más aún: ¿Qué sentido no proveyó el modelo liberal-progresista?

Todo indica que para la discusión pública, las causas socioantropológicas del surgimiento del neopentecostalismo son irrelevantes. Y es precisamente a causa de la irrelevancia que estas cuestiones importantísimas tienen para sus críticos, que el neopentecostalismo es incomprendido. El paternalismo liberal nubla un análisis profundo sobre el caso, y mientras que los promotores de la agenda liberal –usualmente élites universitarias o al menos ideológicamente formadas- se escandalizan ante este monstruo religioso barbárico, antidemocrático, autoritario, ultraconservador y amenazante sin preguntarse a qué se debe que exista, las capas empobrecidas y las clases medias aspiracionales prefieren las iglesias neopenteocostales antes que los movimientos y partidos políticos afines a las ideas progresistas en temas morales –que, valga recordarlo, están presentes en todo el espectro político. Aquí cabría preguntarse dónde están los liberales mientras estas iglesias crecen en los barrios populares. Si la respuesta será o no de su agrado, no es posible saberlo aquí.

Un alcance respecto a la vida interna de la gran comunidad imaginada evangélica, es respecto al tema de la crítica teológica. Esta se ha hecho desde varios frentes. Uno de ellos, y que es el que importa para el caso de este texto, es la crítica desde las teologías liberacionistas y las del genitivo. Evidentemente, la afinidad electiva del neopentecostalismo con el neoliberalismo es reprochable para los liberacionistas. Lo mismo ocurre con la crítica desde las teologías del genitivo a la afinidad del neopentecostalismo con las corrientes conservadoras. Aquí cabría hacer un ejercicio como el anterior referido a las fuerzas liberales, pero esta vez a los promotores de estas teologías. ¿Por qué los teólogos críticos no analizan el surgimiento del neopentecostalismo en relación con el fracaso de los modelos eclesiales propuestos por ellos? ¿O en relación con el fracaso de la divulgación de las teologías liberales, liberacionistas, del genitivo, etc, entre evangélicos en general y neopentecostales en particular? ¿O en relación con la poca cercanía de las iglesias con teologías progresistas, con los sectores populares de las sociedades? O una pregunta para el sector pentecostal: ¿en qué fueron insuficientes las respuestas de las iglesias pentecostales, para que desde su propio seno, se levantaran diversas corrientes neopentecostales?

 Lo que hay en este caso, es una entrada en política en función de asuntos morales. De este modo, cabe preguntarse por qué los evangélicos actúan según un concepto moral conservador y no uno progresista. En otras palabras: ¿por qué en las iglesias no se ha instalado una moral progresista? La respuesta, sospecho, difícilmente agradará. Porque, después de todo, ¿cuánto coraje y compromiso con la transformación de las identidades eclesiales necesitaría un teólogo progresista para convivir en un sector con el que no está de acuerdo y al que considera, digámoslo de modo elegante, intelectualmente pedestre?

Nadie podría poner en duda que en términos teológicos hay complicaciones conceptuales en este movimiento, que repercuten en diversas áreas de la vida eclesial. Tampoco se podría poner en duda que su visión de la política suele ser incompleta y riesgosa; pero la crítica suele realizarse sin atender a los contextos que lo hicieron posible, y que son convenientemente omitidos. No hay que desconocer que, efectivamente, su lógica puede ser problemática para la democracia. Pero en tal caso, es tan problemática como los populismos de cualquier signo. El neopentecostalismo interpela a dos o tres -quizá cuatro- aspectos de la agenda liberal, pero en realidad, lo desafiante de su monstruosidad no es su carácter de movimiento religioso transnacional, creciente, conservador: es el hecho de que está compuesto por personas, con experiencias de vida, con preguntas, con necesidades, y que han escogido creer en las respuestas que les provee el neopentecostalismo, y no en otras. Las consecuencias políticas del movimiento aún están por verse. Porque, después de todo, como otros han dicho, es inexperto. ¿Qué pasaría si adquiriera expertis en materia política? ¿Cuánto más se magnificaría su monstruosidad?

El neopentecostalismo político es funcional para los liberales, porque se constituye el enemigo perfecto. Religión contra laicidad; conservadurismo contra progresismo; autoritarismo contra liberalismo democrático. Pero, como se suele decir de los monstruos en literatura, la criatura, a veces, es un doble depositario de aquello que, aunque propio, se quiere negar. Algo así como un espejo indeseable. El monstruo, esa horrenda criatura fantástica que aterroriza, en algún sentido se debe al aterrorizado. La pregunta correcta, por tanto, no es porqué los neopentecostales son un riesgo para la democracia, sino en qué le fallaron los demócratas liberales a sus pueblos. Es a partir de ahí que la discusión se volverá, por fin, interesante.

*Editor de PP.