Por Gutierres Fernandes Siqueira*

Muchos han sustituido el liberalismo, el conservadurismo o algún otro “ismo” por Cristo y así toman a Cristo para las causas de ellos. Cristo no pude ser cooptado por ninguna causa; todas las causas tienen que ser cooptadas por Él. Todos los “ismos” son abstracciones. Incluso el “ismo” perfecto, si hubiera alguno, no puede salvarnos ni amarnos.  [Peter Kreeft] [1]

No hay duda de que Jesús trajo un Tsunami para el judaísmo de su época y, consecuentemente, para la historia de todo el mundo antiguo y moderno. La forma como el hombre entiende la religión y la propia vida cambió con el nazareno. El mundo es otro después del nacimiento del Mesías. Eso es reconocible incluso para un hombre sin fe.

¿Sin embargo, históricamente Jesús tenía pretensiones políticas en la Palestina del primer siglo? ¿Jesús, como líder humano y carismático, tuvo alguna voluntad de provocar una revolución política? ¿Jesús tenía algún proyecto de poder temporal? ¿Quería Él asumir el lugar de César para liberar a los oprimidos de Judea contra el imperialismo romano?

De vez en cuando veo a algún grupo teológico-ideológico-progresista postulando la idea de que Jesús era una especie de revolucionario político. Ese pensamiento es tan extraño, exótico, y absurdo que el erudito Joachim Jeremias (1900 – 1979), uno de los mayores especialistas en el Nuevo Testamento y un intelectual ponderado, decía que quien haga esa interpretación “No entendió a Jesús” [2]. Es la vieja tentativa de la teología de naturaleza racionalista producir a un segundo Cristo a la propia imagen y semejanza del hombre moderno. El estudioso judío Géza Vermès (1924-2013), que no fue propiamente un cristiano tradicional escribió: “No parece que haya habido algún desacuerdo fundamental entre Jesús y los fariseos en lo tocante a temas esenciales… No hay en la mínima lectura de los evangelios indicios que apunten a cualquier involucramiento de Jesús en las cuestiones revolucionarias de los zelotes” [3]. Esa lectura ideológica de Jesús partió de teólogos con bases marxistas como Fernando Belo, Michel Clévénot y George Casalis. Es obvio que tales nombres influenciaron a los ideólogos de la Teología de la Liberación y, también, del propio renacimiento dulzón del liberalismo teológico.

Veamos los motivos para rechazar como ficción de quinta categoría cualquier alegato de revolución política en Jesús.

  1. Relación amistosa con los samaritanos. El tratamiento dado a los samaritanos apartaba al Maestro de cualquier política ultranacionalista, un trazo tan común en los zelotes de su época. Bueno ¿Quiénes eran los zelotes? Era un grupo ultranacionalista de judíos que veía en la aceptación de la dominación extranjera y en el pago de impuestos a roma un acto blasfemo contra el propio Yahveh. Los zelotes eran extremistas, usaban tácticas de ataques repentinos (terrorismo) contra los enemigos y eran minoritarios entre los judíos, pero fueron esenciales en el alzamiento contra roma en la década del 60 en el primer siglo. El historiador judío Flávio Josefo (37 d.C.- 100 d.C.) atribuyó a los zelotes “la primera causa de la ruina de Jerusalén” [4]. Los zelotes, inclusive, mataban judíos que, en la visión de ellos, colaboraban con Roma. Por las tácticas de ataque los zelotes eran conocidos como sicarios (apuñaladores) por los romanos porque tenían la costumbre de esconder un puñal debajo de las vestiduras para atacar en medio de una multitud sin ser capturados fácilmente.
  2. La purificación del templo (juan 2.12-22). Los discípulos al recordar el antiguo testamento, especialmente el salmo 69.9, mostraron que la motivación de Jesús no era subversiva, sino de purificación ritualista, profética y escatológica. Jesús al purificar el templo, es inmediatamente remitido al siervo celoso del salmo 69. La escatología del judaísmo predicaba el establecimiento de un nuevo templo en la era mesiánica (Ez 40-44; 1 En 90.28-36; Sal. 17.30; 4QFlor 1.1-13). Ahora, es importante observar que la acción purificadora de Jesús se dio “en el patio del templo” (v.14), un área destinada a los gentiles. Por tanto, para Jesús, en la era mesiánica el espacio de los gentiles debería ser igualmente libre para la adoración. El significado teológico de la acción de Jesús huye de cualquier ámbito nacionalista, pues, al contrario, tal “revolución” mostraba cómo Jesús valoraba la figura de adoración no-judía establecida.
  3. Ningún discípulo preso. Como recuerda Gerd Theissen: “Ninguno de los discípulos de Jesús fue preso con Él, lo que ciertamente sería de esperar en la hipótesis del un movimiento de rebelión” [5].
  4. La espada en Lucas 22.38. Jesús muestra a los discípulos que no esperaran más hospitalidad y generosidad en el trabajo misionero. Ahora, al contrario, iniciaría un tiempo sombrío y hostil. No es ninguna invitación a cualquier revuelta, por el contrario, tan sólo una preparación común de un viajero en las carreteras peligrosas del mundo antiguo. El historiador Flávio Josefo muestra que, hasta los mismos esenios, conocidos por la vida pacífica y asceta usaban armas en sus viajes [6].
  5. Simón, el zelote. El adjetivo de Simón como zelote (Lc 6.15) muestra que los demás discípulos, exceptuando a Judas, y el propio Jesús estaban excluidos de ese grupo revolucionario. Si yo hablo de que asisto a una iglesia, donde Karl, el alemán, también se congrega, estoy mostrando que ese extranjero es una excepción entre los míos.

Sobre esa lectura miope de un “Cristo revolucionario”, el teólogo y exégeta Francis Pierre Grelot (1917-2009) escribió y sintetizó bien el asunto:

Se trata de fantasías sin valor histórico: la óptica adoptada falsea constantemente los textos, proyectando en ellos la ideología (de los autores). (…) Quedamos sorprendidos al constatar entre esos (teólogos) una adoración ingenua de los postulados marxistas, clasificados como “científicos”, sin distancia ni espíritu críticos. Si es verdad que el análisis sociológico del judaísmo antiguo y del cristianismo primitivo seria fecundo para renovar la lectura de los textos (bíblicos), es verdad también que la “reducción” a la cual conduce este espíritu de sistema introduce en ellos verdaderos preconceptos que falsean su comprensión. [7]

Por tanto, reducir a Cristo a una especie de Che Guevara primitivo no es solo pobreza exegética, sino que es por encima de todo, una forma de idolatría.

*Miembro y profesor de la Iglesia Evangélica Asemblea de Deus, Ministerio Belén, en São Paulo. Es autor del libro “Revestidos de Poder: Uma Introdução à Teologia Pentecostal”.

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Originalmente publicado en Teología Pentecostal, 2016. Traducido con autorización. Traducción de Juan David Palacios Machado.

Notas

[1] KREEFT, Peter. Jesus: o maior filósofo que já existiu. 1 ed. Rio de Janeiro: Thomas Nelson Brasil, 2009. p 145.

[2]JEREMIAS, Joachim. Teologia do Novo Testamento. 1 ed. São Paulo: Hagnos, 2008. p 334.

[3] VERMES, Geze. Jesus e o Mundo do Judaísmo. 1 ed. São Paulo: Edições Loyola, 1996. p 20.

[4] JOSEFO, Flávio. História dos Judeus. 1 ed. Rio de Janeiro: CPAD, 1990. pos 25160.

[5] MERZ, Annette e THEISSEN, Gerd. Jesus Histórico: um Manual. 2 ed. São Paulo: Edições Loyola, 2004. p 486.

[6] JOSEFO, Flávio. História dos Judeus. 1 ed. Rio de Janeiro: CPAD, 1990. pos 21689.

[7] GRELOT, Pierre. Esperança Judaica no Tempo de Jesus. 1 ed. São Paulo: Edições Loyola, 1996. p 126.

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