Por Matías Aránguiz Kahn*

Recientemente los derechos humanos han sido un importante foco de discusión en Chile. Tanto desde la izquierda como desde la derecha (Véase comentarios políticos de Boric, Evopoli, Allamand) parece haber comenzado a surgir una discusión que había estado oculta bajo la alfombra durante años en el imaginario público: las contradicciones político discursivas del uso de los DD.HH y la responsabilidad histórica que recae en los actuales representantes de los distintos sectores políticos. Es importante ocupar bien este momento para comenzar a plantearnos criticas similares desde nuestros propios espacios y pensamientos. ¿Será necesaria una reflexión semejante desde el mundo religioso y, más específicamente, desde el mundo pentecostal?

Usualmente se ha creído que los pentecostales chilenos ignoran los derechos humanos, ya sea apoyando posiciones políticas contrarias a su respeto o siendo inactivos frente a la violación de los mismos; la literatura académica tampoco se libra de esto (Mansilla, Sepúlveda y Orellana, 2015, p328). En este artículo nos proponemos llevar a cabo un análisis sobre el rol que algunos pentecostales tuvieron durante el periodo de dictadura en apoyar o confrontar el régimen y sus prácticas a fin de desmitificar la idea de que fueron cómplices activos o pasivos. Posteriormente llevaremos a cabo una corta reflexión sobre el rol que podemos cumplir en nuestros tiempos en relación a los derechos humanos y, sobre todo, a nuestra participación en la esfera pública.

Ayer: Desmitificando la historia

Hay dos mitos prevalentes en la historia política del mundo pentecostal chileno: por un lado, se asume que los pentecostales son (y serán) de derecha y, por otro, se presume que los pentecostales apoyaron a la dictadura o guardaron silencio ante los atropellos a los derechos humanos cometidos por ésta.

Los Pentecostales y la Izquierda

El primer mito es claramente falso. Ya afirmaba Paul Freston que “entre 1964 y 1973 (los gobiernos de Frei y Allende) no hay fundamentos para pensar que el pentecostalismo actuó como un bloque contrario a la participación social” (Freston, 2004, p216-17). Una investigación realizada en Santiago en 1971 nos da luces de algo más. El 77% de los pentecostales encuestados votó por la Unidad Popular en las elecciones municipales de 1971; en el caso de los no creyentes fue un 66%; además, solo un 4% de los pentecostales votó por el Partido Nacional, de derecha. Más revelador aún es el hecho de que en la encuesta, el 68% de los pentecostales consideraban que los ricos habían llegado a ser tales explotando al pueblo, mientras que un 54% de los no pentecostales pensaban lo mismo. Por último, el 83% de los pentecostales encuestados consideraban dignos de confianza a los partidos de izquierda, frente al 69% en el caso de los no pentecostales (Tennekes, 1985).

Otro antecedente relevante es el de la Misión Wesleyana Nacional, una denominación fundada en 1928 a partir de un quiebre producido por varios miembros de la Iglesia Metodista Episcopal de Lota, quienes habían comenzado a vivir un derramamiento del Espíritu Santo. Las manifestaciones espirituales perturbaban a los demás hermanos metodistas que terminaron por expulsarlos. El pastor Víctor Mora, fundador y líder de la denominación hasta su muerte en 1969, había trabajado en las minas de carbón y tenía una educación teológica con enfoque social. En 1933 Mora fundaría el Partido Socialista en su región y posteriormente se convertiría en el líder del Frente Popular de Socialistas y Comunistas. Su discurso tanto dentro como fuera de la iglesia, estaba altamente influido por el socialismo, el sindicalismo y una profunda crítica a las posiciones políticas conservadoras. Esta línea de pensamiento, como veremos, prevalecería de alguna manera en su denominación y la llevaría a integrarse en varias instancias pro derechos humanos en las décadas siguientes. Para ahondar más en este tema, recomendamos “Espiritualidad popular y acción política: El Pastor Víctor Mora y la Misión Wesleyana Nacional: 40 años de historia religiosa y social (1928 – 1969)” (Ossa, 1990).

Los Pentecostales y la Dictadura: dos tendencias

Tras el golpe de estado de 1973 y la consecuente dictadura comienza una turbulenta trama de apoyos y desencuentros políticos acompañados del gran mito que empaña la historia del pentecostalismo chileno: Los evangélicos pentecostales apoyaron el régimen de Pinochet o guardaron silencio ante las injusticias que éste cometió. Como bien dice Juan Sepúlveda, en dicho contexto histórico pueden observarse dos perfiles políticos preponderantes: la tendencia oficialista (a la cual le debemos en gran parte la subsistencia del mito) y la tendencia profética (Sepúlveda, 1999, p140).

La tendencia oficialista: Los pentecostales que apoyaron el régimen

La primera tendencia se construye a través de la relación entre algunos autodenominados representantes del pueblo evangélico y la dictadura. El primer gran hito fue una masiva convocatoria celebrada el 13 de diciembre de 1974. La acompañó una carta a favor del régimen leída en presencia del dictador. Los principales articuladores de dicha instancia fueron los pastores Pedro Puentes de la Iglesia Presbiteriana Independiente, Ricardo Ramírez, superintendente de la Iglesia de Dios, Hermes Canales, de la Iglesia Evangélica de Dios Pentecostal y, sobre todo, Javier Vázquez, de la Iglesia Metodista Pentecostal, quien asumiría un mayor protagonismo junto a su denominación (más tarde, invitaría a Pinochet a la inauguración de la catedral Jotabeche).

En julio de 1975, se creó el Consejo de Pastores compuesto por líderes de 14 denominaciones principalmente pentecostales. Dicho grupo tendría por objetivo constituirse en el interlocutor oficial entre el mundo evangélico y la dictadura. Luego comenzaría a practicarse el Te Deum evangélico en la catedral Jotabeche, actividad que nos muestra, por una parte, cuán lejos había llegado la IMP y, por otro, cuan dependiente era del modelo católico de relaciones iglesia-estado. La posición oficialista iría perdiendo fuerza y finalmente solo nos dejaría como herencia este acto que “fue abiertamente interpretado por las autoridades como celebración del “´pronunciamiento” del 11 de septiembre” (Sepúlveda, 1999, p140) y se celebra todos los años cerca del 18 de septiembre. Actualmente ha jugado un rol meramente mediático que perpetúa los prejuicios hacia el mundo evangélico. Es importante mencionar que “de las cuatro iglesias pentecostales más grandes, solo la IMP se alió con Pinochet. La IEP se mantuvo aislada. La IPC y la MIP estuvieron en la Consejo Mundial de Iglesias y afectadas por preocupaciones respecto a los derechos humanos” (Freston, 2001, p223)

La tendencia profética: Los pentecostales y la defensa de los Derechos Humanos

Respecto a la tendencia profética, primero nos gustaría hacernos cargo de una pregunta: ¿Qué significa “profético”? Esta palabra, ampliamente usada en espacios religiosos, adquirió un significado distinto en el dialecto de los activistas políticos evangélicos del periodo de dictadura. Cornel West, conocido filósofo, activista político y crítico social bautista estadounidense nos entrega una definición:

Las formas dominantes de las religiones están adaptadas a la codicia y al miedo y al fanatismo. Por tanto, adaptadas a la indiferencia del statu quo por los pobres y los trabajadores. La religión profética es una praxis performativa, individual y colectiva, de inadaptación a la codicia, al miedo y al fanatismo. Para la religión profética, la condición de verdad es dejar hablar al sufrimiento. (West, 2011, p93).

En términos generales, es una forma de practicar la fe que impulsa la crítica y denuncia de los actos de injusticia en la sociedad tal y como los profetas bíblicos lo hicieron al ser llamados por Dios a confrontar las hipocresías y pecados de su tiempo.

Durante las décadas de los 70 y 80, la tendencia profética se vería manifiesta en Chile a través de diversos hitos históricos contestatarios al poder ilegitimo del régimen de Pinochet. En este periodo, estando coartados los mecanismos democráticos y siendo el estado ya no un representante de la voluntad del pueblo sino de los intereses de la milicia y la economía neoliberal, se generó el espacio para una respuesta contrahegemónica a la que no fueron ajenos los cristianos, ya fueran católicos, protestantes tradicionales o pentecostales.

Hay varios casos que han sido investigados a fondo por la literatura. Los más destacados son los de la Misión Iglesia Pentecostal (de la cual surgió el Servicio Evangélico Para el Desarrollo, SEPADE) y la Confraternidad Cristiana de Iglesias (CCI). Para ahondar más en el primero, recomendamos revisar el artículo “Los pentecostales contra la dictadura y el futuro de lo profético”. Por ahora, nos dedicaremos a la Confraternidad Cristiana de Iglesias y a realzar el caso del pastor José Alfredo Ramírez y la FASIC.

El caso de la Confraternidad Cristiana de Iglesias (CCI)

La CCI fue una organización cuya gestación comenzó a principios de los ochenta, pero se concretó formalmente en 1985. “Además de sus declaraciones públicas, la descripción de las actividades de la CCI incluye el acompañamiento pastoral, consistente en la presencia solidaria en funerales de víctimas de represión o en acciones de denuncia (huelgas de hambre y otras formas de protesta), apoyo moral-pastoral a organizaciones sociales, liturgias ecuménicas asociadas a diversos motivos y fechas” (Mansilla et al., 2015, p331). Dentro de la CCI confluían representantes de varias iglesias pentecostales, principalmente de la Iglesia Pentecostal de Chile y la Misión Iglesia Pentecostal. Las congregaciones ligadas a la CCI tenían también participación y lazos con los programas de otras organizaciones como el SEPADE y la FASIC.

En su historia, la CCI desarrolló un constante trabajo de denuncia social a través de declaraciones públicas de contenido teológico y político. Mansilla et al. ofrecen un análisis del carácter de varios de los enunciados hechos por la CCI, categorizándolos en criticas dirigidas al capitalismo y a la dictadura militar. Entre las primeras, existieron cuestionamientos al sistema de mercado y sus consecuencias en la precarización social de la población cuyos derechos se veían supeditados a la injusticia del sistema económico; el desamparo de los pobres y sus condiciones de vida en medio de la crisis social de la década de los 80; y la denigración del trabajo producida por las políticas públicas de la dictadura que habían generado desempleo y carencia de derechos laborales.

Por otra parte, “la CCI formuló críticas y protestas contra la dictadura, algunas dirigidas directamente al general Pinochet” (Mansilla et al., 2016, p337). Así, existió un llamado a la defensa de la democracia entre cuyos hitos más relevantes estuvo la “Carta al Pueblo Evangélico y a la Opinión Pública frente al Plebiscito”, publicada en 1988. En ella se hizo un llamado a los evangélicos y al pueblo chileno “a votar sin aceptar presiones, abogando por un proceso democrático libre y sin violencia” (Mansilla et al., 2015, p339), además de reiterar los cuestionamientos a la dictadura, solicitar un plebiscito celero y transparente y remarcar la urgencia del restablecimiento de la democracia frente a los graves problemas sociales que se habían desarrollado en los años previos. En las declaraciones de la CCI también hubo una defensa al derecho de protesta; una crítica a la violencia de los métodos de represión ejercidos por la dictadura en las manifestaciones sociales, las detenciones forzosas y los allanamientos; una crítica a las fuerzas armadas, su ideología y su rol en el clima adverso del país; y una defensa a la ciudadanía.

Sin embargo, el hito más relevante de esta organización fue la Carta Abierta al General Pinochet del 29 de agosto de 1986, firmada, entre otros, por liderazgos de la Iglesia Pentecostal de Chile, la Misión Iglesia Pentecostal, la Iglesia Wesleyana Nacional, Misiones Pentecostales Libres y la Misión Apostólica Universal. En ella, haciendo referencia clara a varios pasajes de las Escrituras, se critica al sistema de mercado y a la dictadura por la represión, la imposición del miedo como forma de control social y la eliminación del adecuado funcionamiento del poder judicial y legislativo. Ante esto, se menciona el daño producido a la población y sus sectores más vulnerables al quitarles sus espacios de participación social, obligándolos a buscar la protesta como forma de expresión legítima.

Los contenidos de estas declaraciones son desarrollados a la luz de una coherente lectura de las Escrituras, promoviendo una forma de concebir el mensaje bíblico como un llamado a la acción social, la protesta, la denuncia, la colaboración y la participación en la lucha por una sociedad más justa y sujeta a valores cristianos; son declaraciones propias de un mensaje profético.

El caso de la Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas (FASIC) y el pastor José Alfredo Ramírez

El caso de la FASIC es bastante paradigmático en relación a la idea de la desmitificación que tratamos en este artículo. Esta organización, fundada en abril de 1975, fue una instancia heredera del trabajo del Comité Nacional de Ayuda a Refugiados (CONAR) que se había extinguido en agosto de 1974. En su integración inicial estuvieron principalmente involucrados representantes de la Iglesia Católica Romana, la Iglesia Metodista, la Iglesia Católica Ortodoxa y la Iglesia Evangélica Luterana. “La idea que estaba a la base de la creación de la FASIC era la de constituir un organismo que tuviese un carácter ecuménico y que por lo tanto canalizara la solidaridad y sensibilidad existente en el mundo de las Iglesias Cristianas frente a la violación de los Derechos Humanos” (Garcés & Nicholls, 2005, p33).

El trabajo inicial se enfocó en el apoyo a los presos políticos articulado en dos programas: El “Programa de Conmutación de Penas” y el “Programa de Reunificación Familiar y Refugiados”. A través del aporte de voluntarios, abogados y trabajadores sociales, se logró ayudar a muchas víctimas de procedimientos militares injustos a salir del país y se entregó apoyo psicológico y laboral a las víctimas del régimen y sus familias, fomentando y ejerciendo un rol importante en la reinserción social y el acompañamiento. Los programas implementados por la organización contaron con el apoyo de organismos internacionales de derechos humanos.

La misión de esta fundación terminó extendiéndose más allá del periodo de dictadura y, con la vuelta a la democracia, se establecieron nuevos programas y proyectos que mantienen su funcionamiento hasta nuestros días. Actualmente, la organización ha asumido un especial énfasis en el trabajo con refugiados y personas migrantes, además de contar con diversas publicaciones y un programa de conservación y sistematización de documentos históricos.

Es relevante mencionar que la organización contó en su directorio con una persona que no encajaba en el perfil de los demás: José Alfredo Ramírez. Ramírez fue pastor de la Iglesia Metodista Pentecostal, la denominación que posteriormente apoyaría a la dictadura, y fungió como director del FASIC al momento de su constitución. Poco o nada hay en la literatura especializada o en las publicaciones de su iglesia que nos permita conocer más sobre su participación en dicha instancia. Esto prueba que es posible indagar con mayor detalle en los pentecostales de iglesias tradicionales que se opusieron a la dictadura. Pero esto no es todo. Ramírez, además, fue un pentecostal nato. Tuvo una extensa y admirable carrera dentro de la IMP que inició cuando, estando en precarias condiciones de salud producto de un accidente laboral, fue invitado al templo Jotabeche 40 por un amigo y experimentó una sanidad divina a través de Manuel Umaña. Tras convertirse, se volvió activo en la obra, fue secretario personal del obispo Umaña por 5 años y en 1960, fue llamado a ejercer el pastorado en la iglesia de Temuco Santa Rosa por 5 años.

Tras la muerte de Umaña, Mamerto Mancilla, el nuevo obispo, lo enviaría a pastorear la Clase Las Barrancas (actual Iglesia de Pudahuel) y lo nombraría secretario general de la Corporación Metodista Pentecostal de Chile, rol que asumiría por más de 20 años. Recorrió el territorio nacional y el extranjero levantando obras en otros países y posteriormente llegaría a ser Jefe de Sector, Superintendente e integrante del directorio del obispo Javier Vázquez. En su ministerio nombró pastores a 21 hermanos. Falleció en julio de 2008 después de un servicio vespertino. Entre algunos de los registros, paradójicamente, aparece como representante en el Consejo de Pastores.

El relato del pastor José Alfredo Ramírez está lleno de hitos ejemplares para la fe pentecostal. Sin embargo, su participación en la FASIC solo tiene una mención relevante en la constitución de la organización y su declaración de objetivos; la literatura al respecto solo hace referencia a su nombre sin entregarnos más antecedentes de su pensamiento y relaciones eclesiales. El hecho de que haya sido representante en el Consejo de Pastores y parte del directorio de la FASIC nos deja con muchas preguntas. Es necesario investigar más a fondo su legado, sus relaciones eclesiales con los hermanos y pastores de la IMP durante este periodo y las razones que lo inspiraron a participar en una instancia tan lejana al posicionamiento político que tendría su propia denominación.

Conclusión sobre el Ayer

Para terminar con la reflexión sobre el ayer, nos remitiremos a una frase de Paul Freston, sociólogo de la religión ingles que nos deja planteadas varias líneas de análisis e investigación para continuar desmitificando el pentecostalismo:

¿Qué podemos concluir de la historia de la política protestante durante el régimen dictatorial? No basta con hablar indiscriminadamente de “Pentecostales” o con mirar solo a las motivaciones del régimen. Debe dársele más atención a la competencia eclesiástica entre y dentro de las denominaciones; en particular, necesitamos una historia de cómo Vázquez buscó fortalecer su propia posición dentro de la IMP, y la posición de la IMP dentro del campo religioso, a través de una alianza con Pinochet. Deben localizarse más actores en la historia eclesiásticamente, y otras denominaciones importantes como la IEP deben ser estudiadas. ¿Qué iglesias pentecostales, además de la Iglesia Metodista Pentecostal, realmente apoyaron el régimen? ¿Fueron solo pequeños grupos (o grupos escindidos dentro de las denominaciones) con líderes ansiosos por algún reconocimiento publico y dispuestos a una movilización social subordinada a la IMP? (Freston, 2001, p223).

Hoy: Reinvención desde la autocrítica

¿Cuál debiese ser el actuar de los pentecostales en relación a los derechos humanos en la actualidad? Esta pregunta es lo suficientemente amplia como para ser abordada en su propio artículo. Sin embargo, consideremos dos aristas esenciales. En primer lugar, debemos seguir desmitificando el pasado y también realzar los ejemplos subversivos del prejuicio histórico que ha empañado nuestra tradición. El relato de los movimientos pentecostales goza de muchos grises invisibilizados a nivel nacional y global (Véase el caso del pentecostalismo negro profético estadounidense y diversas referencias internacionales). Esto lo lograremos investigando y visibilizando casos como los del pastor José Alfredo Ramírez.

En segundo lugar, tenemos el deber de replantearnos nuestro rol en la esfera pública. Si queremos comenzar un trabajo político serio en torno a los problemas sufridos por la población, necesitamos analizar qué rol tendrán los derechos humanos en nuestro discurso. Los DD.HH son transversales a la típica división entre izquierda y derecha, pero requerimos de una discusión seria para determinar cuan capaces somos de conciliar nuestra fe con todo lo que aúnan actualmente en sus lineamientos. Este dialogo no es ni será simple si consideramos las diferencias que podríamos tener con las últimas directrices de los derechos humanos y el progresismo con el que se mantienen tantos prejuicios mutuos.

Por otra parte, debemos reinventarnos desde la autocrítica a nuestra actualidad. La religión ha salido de las iglesias y ha buscado insertarse de nuevo en el estado, subvirtiendo la clásica división entre la esfera pública y la privada tan característica de la modernidad. Este diagnóstico se ha manifestado de forma bastante paradójica al caso de la dictadura desde el “pentecostalismo” chileno. Unos pocos (extrañamente pertenecientes a denominaciones que cargan con la responsabilidad de instalar el mito que hemos analizado) dicen representar a muchos y pretenden autodenominarse dueños del discurso pentecostal utilizando precisamente la controversial herencia del Te Deum para sus fines, humillando públicamente a sus “oponentes” y usando el púlpito para perpetuar sus liderazgos y llevarlos al poder estatal.

Sin embargo, aún reconociendo este problema, la autocrítica tiene otra dimensión. Además de observar y cuestionar lo anterior, debemos confrontar nuestros propios intentos de reinvención ya iniciados. De la misma forma en que Boric ha confrontado a la izquierda instándola a reconocer sus “pecados” históricos y cambiar sus posicionamientos frente a las violaciones de derechos humanos en otros países cuyos regímenes eran usualmente defendidos, quizás también nos corresponda asumir que, en el reto de articular esfuerzos por buscar una sociedad más justa, no debemos caer en los mismos errores que se suelen cometer en la política, ya sea de derecha o de izquierda.

En un sector del mundo evangélico progresista actual hay una tendencia a reprocharle al pentecostalismo su historia, su política y su estructura desde una posición de altura moral absolutamente injustificada. He sido testigo de prácticas completamente contrarias a los ideales propios de los derechos humanos y tanto o más autoritarias, opresivas y verticales que las de muchas congregaciones, cuyos púlpitos intentan ser alcanzados por “activistas” que procuran ocultar meras aspiraciones políticas con discursos vacuos e instrumentales. Tal y como los derechos humanos se han instrumentalizado y transformado en una consigna vacía de su sentido real, las Escrituras han tenido la misma suerte en dichos espacios marcados por prácticas políticas desprolijas de verdadera inspiración cristiana. ¿Qué diferencia hay entre esta actitud y la de la “derecha”, tan criticada por dichos liderazgos que alcanzan su poder a través de la hipocresía?

Quienes asumieron la praxis profética lo hicieron en una época de persecución y amenaza sistemática. Hoy lo podemos hacer desde la comodidad del estado de derecho y la democracia. Si pretendemos retomar dicha praxis desde nuestra fe en la actualidad, debemos hacerlo partiendo por reconocer que tenemos que construir una forma de hacer política que supere las repetidas dinámicas del poder y la jerarquía sin contrapesos. Más bien, como cristianos, debemos darle un giro a la política a través de nuestros valores. De intentar construir una casa, debemos construirla sobre la roca del Evangelio y los ideales de justicia que nos dejó Cristo, o solo levantaremos un trabajo inestable e inconsecuente que no hará más que caerse tarde o temprano y, quizás, volver a dejar una herencia tan insensata como la que nos entregó la posición oficialista que nos esmeráramos en criticar. Si no entendemos que la política, asumida como el espacio de disputa por la justicia, requiere de una ética que nosotros somos precisamente los más responsables de interiorizar y aplicar, podemos volver a empañar nuestra historia y olvidarnos de que, por sobre todo, somos cristianos.

*Estudiante de derecho de la Universidad Alberto Hurtado, pentecostal, colaborador de Pensamiento Pentecostal


Bibliografía

Freston, P. (2001). Evangelicals and Politics in Africa, Asia and Latin America. New York: Cambridge University Press.

Habermas, J; Taylor, C; Butler, J; West, C. (2011). El poder de la religión en la esfera pública. Madrid: Editorial Trotta.

Garces, M; Nicholls, N. (2005). Para una historia de los DD.HH. en Chile, Historia Institucional de la Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas 1975 – 1991. Santiago: LOM Ediciones- Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas.

Mansilla, M; Sepúlveda, J; Orellana, L. (2015). Cuando el opio se rebela: La Confraternidad Cristiana de Iglesias (Evangélicas) en su crítica a la dictadura militar y su proyecto de sociedad (1981 – 1989). Revista de Ciencia Política. Volumen 35, 327-345.

Ossa, M. (1990). Espiritualidad popular y acción política: El Pastor Víctor Moya y la Misión Wesleyana Nacional. 40 años de historia religiosa y social (1928 – 1969). Santiago: Rehue.

Ossa, M. (1999). Iglesias evangélicas y derechos humanos en tiempos de dictadura. Santiago: Fundación Konrad Adenaer, Centro Ecuménico Diego de Medellín.

Sepúlveda, J. (1999) De peregrinos a ciudadanos. Breve historia del cristianismo evangélico en Chile. Santiago: Fundación Konrad Adenauer – Facultad Evangélica de Teología.

Tennekes, H. (1985). El Movimiento Pentecostal en la sociedad chilena. Iquique: Ciren- Universidad Libre de Ámsterdam.

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