Luis Aránguiz Kahn*

La distancia histórica y teológica que separa a Søren Kierkegaard de los pentecostales podría justificar la pregunta sobre qué es lo que tienen que ver el uno y lo otro. El danés vivió entre 1813 y 1855. En aquellos tiempos ya empezaba a respirarse la fragancia de los Movimientos de Santidad en Inglaterra y Estados Unidos. Convivían en el escenario europeo metodistas, puritanos y pietistas. Tres grupos cuyas influencias sobre el pentecostalismo son considerables. Sin embargo, aun cuando Kierkegaard tuvo una formación cercana al pietismo debido a las creencias de su padre, no parece que todo este torbellino de movimientos haya despertado sus ansias intelectuales. Al contrario, una lectura de Ejercitación del Cristianismo (en adelante “Ej.”), escrito en 1848, nos revela algo por muchos sabido: la fijación del danés por apuntar sus críticas hacia un objetivo enteramente diferente: la Iglesia Luterana oficial en Dinamarca, la “cristiandad”, para él en las antípodas del “cristianismo”.

El pentecostalismo moderno estaba cerca de Kierkegaard, pero no lo suficiente. No podríamos encontrar en sus textos una problematización de la glosolalia, por ejemplo, ni mucho menos sobre el fenómeno pentecostal del siglo XX. No obstante, él era un lector de la Biblia y un denodado escritor predicador. De modo que en un breve pero consistente libro –quizá el más popular de sus escritos edificantes- al que llamó Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo (en adelante “Ex.”), recogió tres sermones preparados para 1851, de entre los cuales el último fue dedicado para el día de pentecostés según calendario litúrgico, cuya celebración se realiza siete semanas después del Domingo de Pascua. El texto seleccionado para su exposición es, por supuesto, el más reverenciado por los pentecostales: Hechos 2:1-12.

El pentecostal piensa el pentecostés como el evento fundante de una iglesia poderosa para predicar. La lectura y predicación del pasaje siempre está provista de una nostalgia por un pasado glorioso en el cual Dios obraba, pero también de una invitación a recobrar ese poder. De esta invitación surge también el coraje para buscar “avivamiento”, es decir, vida espiritual. Estos dos elementos marcan la comprensión pentecostal de lo acontecido en el Aposento Alto. Sin embargo, en Kierkegaard nos encontramos algo muy distinto. Y es precisamente por ello que nos conviene leerlo. En ocasiones, el discurso sobre pentecostés es naturalizado de tal manera que hasta parece impensable avizorar incluso la posibilidad de leerlo desde otro punto de vista. Aquí es donde este teólogo, filósofo y maestro tiene algo que decirnos.

Si bien la pregunta respecto a la naturaleza de pentecostés podría orientar nuestra lectura de este texto de Kierkegaard, me parece que una respuesta para ello solo podemos alcanzarla con otra cuestión menos evidente: ¿en qué consiste la tarea del Espíritu Santo en pentecostés? Pues, aunque pentecostés significa por sí mismo una efusión pneumática –la más importante de la historia cristiana- y está signado por la experiencia de hablar en otras lenguas y realizar milagros de diversa índole, estas no dejan de ser expresiones exteriores que solo dan cuenta de una dimensión de la espiritualidad. De ahí que no extrañen las duras reprensiones paulinas a una vigorosa iglesia en lo que a carisma se refiere, pero al mismo tiempo débil en lo que a piedad concierne, como fue la comunidad de Corinto. Una iglesia que hablaba lenguas y profetizaba, pero que no amaba.

Así pues Kierkegaard, siguiendo el lenguaje paulino, sostiene que lo que el Espíritu trae consigo a los apóstoles luego de la ascensión de Jesús son la fe, la esperanza y el amor paulinas (1ª Cor 13:13), también conocidas en teología como las virtudes teologales. No obstante, ellas solo se hacen presentes luego de un proceso previo al cual Kierkegaard le presta la mayor importancia en su texto. Este proceso previo está marcado por una preocupación fundamental mencionada de entrada en sermón: “Oyente mío, con respecto al cristianismo, no hay nada a lo cual todo hombre esté por naturaleza más inclinado que a tomarlo en vano” por ello, luego explica: “no hay nada contra lo cual el cristianismo se haya asegurado con mayor cuidado y celo que contra el ser tomado en vano” (Ex. 96).

El “tomar en vano” del que habla Kierkegaard puede entenderse mejor considerando la aguda crítica lanzada en Ejercitación, según la cual la cristiandad establecida (i.e. la iglesia danesa) ha evitado convenientemente toda posibilidad de escándalo y de libre voluntariedad (Ej. 123) a la que incluso llega a llamar “justicia burguesa”. En otras palabras, se evita la posibilidad de que un cristiano busque por sí mismo, y no por el curso de la vida, la posibilidad de sufrir por su fe; y se evita la posibilidad de que un cristiano manifieste una pasión infinita, escandalosa, por el evangelio. De modo que “vivimos todos en una indolente y nada menos que pasional seguridad de que todos seremos un día felices” (Ej. 126). Esto explica por qué en el sermón del que tomamos nota, Kierkegaard anuncia implacablemente: “Se dice “el cristianismo es el dulce consuelo” –sí, no se puede negar, siempre y cuando quieras morir, morir a” (Ex. 96).  Es este morir a, precisamente, el que tendrá la entera atención del autor.

El Espíritu vivifica, pero para que pueda vivificar no solo es necesario que haya una muerte espiritual previa que requiera de vida, del modo que entenderíamos por ejemplo el clásico pasaje de los “huesos secos” de Ezequiel 37 -y que ha servido tantas veces como metáfora del avivamiento espiritual. Hay otro tipo de muerte. Kierkegaard observa: “El Espíritu es el que vivifica. Si, vivifica –por medio de la muerte” (Ex. 97).

¿De qué muerte nos habla, qué es el morir a? La ascensión de Cristo, si bien fue un evento extraordinario, significó también la pérdida de toda esperanza humana. Los apóstoles ya no tenían ninguna posibilidad racional a la cual aferrarse. Solo quedaba confiar ciegamente en la promesa del Señor. Esta observación lleva a Kierkegaard a pensar que los apóstoles estaban muertos a toda esperanza terrenal. De modo que se debe morir “a toda esperanza puramente humana” como también “morir a tu egoísmo o al mundo; pues es solo por tu egoísmo como el mundo tiene poder sobre ti” (Ex. 98). Esta muerte a sí mismo es parte fundamental de la obra del Espíritu. Pues solo muriendo a las propias esperanzas, al amor propio y a la fe propia, es posible que el Espíritu dote de esas virtudes al creyente. Y, a la vez, es esto también lo que asegura que el cristianismo no sea tomado en vano. Como lo indica un estudioso de nuestro autor: “el Espíritu Santo viene cuando la persona ha muerto al mundo” (Thomte, 172).

El morir a, en su dimensión más íntima es: “tener que aniquilar uno mismo su deseo cumplido, tener uno mismo que privarse del objeto de anhelo del que se ha tomado posesión, eso es herir al egoísmo en su raíz, como le sucedió a Abraham cuando Dios exigió que Abraham mismo, él mismo -¡terrible!- con su propia mano -¡oh, espanto de locura!- sacrificara a Isaac, Isaac, el don tan larga y ardientemente esperado” (Ex. 100). Este pasaje nos recuerda explícitamente a la obra magna del autor, Temor y Temblor (En adelante “Tem.”) de 1943, dedicada a analizar la contradicción ética de Abraham ante el sacrificio de Isaac. ¿Cómo es posible que Dios pida sacrificar lo que más se ama? ¿Y cómo conciliar eso con el hecho de que el sacrificio es, desde un punto de vista humano, totalmente reprochable? Kierkegaard exige este mismo desafío existencial a la cristiandad de su tiempo. O a todo aquel que quiera declararse realmente cristiano. Estas conductas irracionales a las que invita lo han colocado, y no sin razones, entre los teólogos del irracionalismo. Cosa que quizá él no rechazaría del todo, considerando sus denodados ataques tanto a la teología especulativa como a la filosofía idealista. La búsqueda de Kierkegaard es la de una fe personal, interior, profunda, que salte al vacío, que sea crítica en tanto crisis humana. Que sufra algo, si no la muerte de los apóstoles, al menos una muerte que sea digna de ser llamada tal. Por ello, los sufrimientos no voluntarios, como por ejemplo perderlo todo, no le parecen objeto de sufrimiento propiamente cristiano. Más bien, el sufrimiento específicamente cristiano, en su entendimiento, es aquel que se escoge por amor, libremente y de cara al escándalo, como el de los apóstoles (Ej. 124). Y es por ello, también, que rechaza duramente el hacer ver dichos sufrimientos involuntarios como sufrimientos cristianos.

Solo entendiendo la fe cristiana de este modo, es posible entender el pentecostés, pues este no es sino parte de ella. Las virtudes teologales que trae el Espíritu en su derramamiento tienen, también, un reverso. Por ello “la fe está contra el entendimiento (…) la fe es la muerte” (Ex. 102). Si la fe estuviese con el entendimiento, la posibilidad del escándalo sería inconcebible. Cosa similar ocurre con la esperanza: hay que morir a toda esperanza humana para entender la esperanza en estricto sentido cristiano que es “esperanza contra toda esperanza” (Ex. 103). Finalmente, el amor. ¿Qué reverso podríamos encontrar, sino haber aprendido a “odiarse a sí mismo” (Ex. 104) en el acto de morir al propio ego? Así, cada virtud es también una muerte. Porque, quien tiene esperanzas humanas no ejercita la fe, quien no niega su entendimiento no puede creer ni vivir el escándalo y, quien aún se ama mucho a sí mismo no puede elegir libremente sufrir por amor a otro o como Cristo, “amar, sufrir, soportarlo todo, sacrificarse  para salvar al mundo sin amor. Y esto es amor” (Ex. 106).  Estos son los dones que a Kierkegaard le interesan.

El rechazo a la cristiandad de su tiempo depende, en mayor medida, de la propia imagen de Cristo como un hombrecillo adorable, como el mejor amigo. Kierkegaard atacó ese dulzor sin previa muerte. Por ello mismo, también resaltó un principio tan protestante como lo es la conciencia propia de pecado. Quien cree, espera y ama, por la obra vivificadora del Espíritu, al mismo tiempo continuamente muere. Esta operación paradójica es la que vio en el propio Jesús, en los apóstoles luego de la obra del Espíritu, y es la que debiese haber en los cristianos. Es por ello que, como dice respecto a la fe de Abraham “aquel que ama a Dios no necesita de las lágrimas ni de la admiración; por amor olvida sus sufrimientos, sí, y los olvida tan absolutamente que no quedaría tras él ninguna huella de su dolor” (Tem. 102).

El pentecostés de Kierkegaard, entonces, es sinónimo no solo de vida, como podría ser usualmente para los pentecostales, sino también de muerte. La cuestión para nosotros es si acaso una conducción inadecuada de la comprensión pentecostal del pentecostés puede llevar a tomar en vano el cristianismo. Por una parte, cuando mediante el énfasis en la búsqueda de bendiciones materiales/económicas afirmada en una noción del poder de Dios como prosperidad, o la emocionalidad antropocéntrica, se evade la experiencia irracional de la fe en cuanto voluntariedad y posibilidad de escándalo, suprimiendo así la exigencia del morir a. No sea que el pentecostalismo, a su modo, caiga a la misma condición de la cuestionada cristiandad danesa al tomar solo los aspectos positivos del cristianismo, dejándolo como una religión dulce, de un “hombrecillo adorable” como habría dicho nuestro autor.

Por otra parte, es pertinente cuestionarse si acaso una conducción inadecuada de la comprensión pentecostal del pentecostés puede llevar a tomar en vano el cristianismo cuando por un exceso de énfasis en los carismas, se olvida que el Espíritu también trae consigo virtudes que, a diferencia de los primeros, preparan a los discípulos para honrar al maestro con la muerte. Porque los discípulos finalmente no estaban dispuestos a entregarse a morir por las lenguas, las profecías y las sanidades, sino por la fe, la esperanza y el amor en su Maestro. No sea que el pentecostalismo, a su modo, caiga en la misma condición de los cuestionados hermanos de Corinto. Es precisamente para evidenciar y afrontar estos y otros riesgos, que los pentecostales haríamos bien en leer y reflexionar junto a un hermano luterano como Kierkegaard.

*Editor responsable de PP.

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Referencias

Kierkegaard, S. (1987). Temor y temblor. Madrid: Tecnos.

__________. (2009). Ejercitación del cristianismo. Madrid: Trotta.

__________. (2011). Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo. Madrid: Trotta.

Thompte, R. (1948). Kierkegaard’s philosophy of religion. New Jersey: Princeton University Press.

 

 

 

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