Por Ángelo Palomino Díaz*

Durante las últimas décadas y años se ha venido presentando, tanto en América Latina como particularmente en Chile, un cada vez mayor involucramiento de cristianos evangélicos en política. Por ejemplo, algunas situaciones de mayor alcance mediático ha sido la reciente candidatura a la presidencia por parte del pastor Javier Bertucci en una Venezuela en crisis, o la influencia de los evangélicos colombianos en la victoria del “no” en el plebiscito sobre el acuerdo de paz con las FARC, o el rol de los políticos evangélicos en el impeachment de la presidenta brasileña Dilma Rousseff. Lamentablemente en el caso de estas experiencias regionales, los procesos de participación no han estado exentos de aspectos críticos, como las acusaciones de corrupción hacia políticos evangélicos de Brasil y paradójicamente al impulsor evangélico del impeachment, o el apoyo de sectores de la iglesia peruana al gobierno fujimorista, gobierno que devino en situaciones de corrupción y de violaciones a los derechos humanos.

Bajo ese panorama regional, difícilmente puede resultar infructuoso el reflexionar sobre la labor que habrán de ejercer los tres diputados evangélicos recientemente elegidos en nuestra nación. Y con especial consideración al polémico contexto político actual, desatado por los dichos públicos de estos diputados sobre la posibilidad de convertirse en oposición al gobierno (a pesar de ser parte de uno de los partidos del oficialismo), además de la reciente conformación de “la bancada valórica”. ¿Qué podemos esperar de su labor como congresistas?

Pues bien, un primer aspecto en que se espera un correcto actuar por parte de los diputados es la sana relación que debe establecerse entre la identidad cristiana y la participación política. Partiendo por ejemplo, con el no abuso de apelativos acerca de lo “cristiano” o lo “evangélico”. Comprendemos que el nombre de Dios no puede usarse a la ligera y de igual forma se debe ser cuidadoso y responsable con el uso público o político al hablar de “la iglesia cristiana”, para evitar caer en la instrumentalización de la fe como ha ocurrido en otras experiencias históricas de participación política evangélica regional.

En segundo lugar, la labor de un parlamentario debe apuntar en lo posible a representar y trabajar para el conjunto de la población. Si bien un diputado es elegido en un contexto territorial específico como lo es una circunscripción y generalmente gracias a que logra representar identidades y demandas particulares, los diputados no pueden caer en una representación particularista que omite o elude al resto de la población nacional. ¿No fue acaso esa incapacidad de los políticos de representar o considerar las posturas y demandas de los cristianos lo que se argumentó para levantar candidaturas evangélicas? Legislar exclusivamente para un sector sería cometer el mismo error que se criticó y atribuyó a la política chilena que antecedió a las elecciones recientes.

En tercer lugar, y a propósito de los polémicos dichos de los diputados, un reto adicional consiste en “ser más que una oposición”. Como cristianos necesitamos ser más propositivos. Es esperable una postura contraria al matrimonio homosexual, ¿pero qué medidas planteamos para fortalecer la familia? Es esperable estar en contra de la adopción homoparental, ¿pero qué medidas proponemos para la infancia vulnerada? Es esperable la crítica a la “ideología de género”, pero que proponemos en el ámbito de la educación para hacernos cargo de la discriminación y bullying? Porque finalmente ¿qué futuro político, real y sostenible, puede tener una bancada que solo está en contra de propuestas de corte liberal o progresista? Es por ello que se necesita con relativa urgencia la conformación de una agenda política amplia y sólida. Sólida en lo moral, pero sólida también en el plano económico y social, y seguidamente en aspectos temáticos como tecnología, investigación y desarrollo, relaciones exteriores, educación, trabajo y pensiones, entre otros. De tal forma de ir más allá de lo valórico y moral, o que desde lo valórico y moral apreciar otros aspectos. Lo que seguramente nos llevaría a concluir que también puede haber modelos económicos inmorales e injustos, o sistemas políticos y estructuras organizacionales que carecen de rectitud. Más que oposición, se requiere conformar una posición sobre los grandes temas país. En otros términos, se necesita pasar de la distinción política schmittiana de amigo/enemigo, a la política que versa sobre la construcción de lo que se concibe como una sociedad ideal.

En cuarto lugar, es esperable y necesaria la creación de una correcta infraestructura de canales de relación y comunicación entre los liderazgos políticos cristianos y la ciudadanía, especialmente con aquel sector de la ciudadanía que se dice representar. Esta infraestructura permitiría la necesaria acentuación de los procesos de accountability o rendición de cuentas, contribuyendo a evitar casos de corrupción y clientelismo, y a generar un clima de mayor transparencia en la siempre compleja relación de gobernantes y gobernados, especialmente en sociedades que atraviesan procesos de desafección política. No avanzar en aquello implica poseer una concepción de democracia profundamente limitada, circunscrita al acto procedimental del voto. Por lo demás, los diputados evangélicos también deben romper con esa percepción ciudadana de que los políticos solo se interesan en las personas en las campañas y luego en el poder se olvidan. No cabe duda de que la relación con los electores debe, ciertamente, ir más allá de las publicaciones y actuaciones frente a medios de comunicación.

En definitiva, la elección de los recientes diputados evangélicos en Chile abre evidentemente ventanas de oportunidad, que esperamos puedan ser aprovechadas correctamente, rompiendo con las agrias experiencias políticas regionales. Esperemos una sana relación entre la identidad cristiana y la participación política, una actuación política que busque el bienestar de la nación y no restringida a intereses corporativos, con una visión de país reflejada en una agenda política amplia y sólida, y en estrecha y correcta vinculación con la ciudadanía y sus electores, permitiendo los necesarios procesos de rendición de cuentas.

*Analista en Políticas y Asuntos Internacionales (USACH), Licenciado y Magister en Relaciones Internacionales, Seguridad y Defensa (ANEPE), líder de jóvenes iglesia Vida Nueva , Director de Estudios en Oikonomos.

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