Por Jonathan Black*

¿Son místicos los pentecostales? Para algunos, la sola pregunta es absurda. Mientras que para otros podría sonar como un gran argumento para rechazar completamente todo lo pentecostal. Daniel Castelo, sin embargo, esboza el argumento en su nuevo libro Pentecostalism as a Christian Mystical Tradition (2017), en cuanto a que es así precisamente como debiese entenderse mejor el pentecostalismo. Para Castelo, “el pentecostalismo se enmarca mejor como una instanciación moderna de la corriente mística del cristianismo, presente a través de su historia. En otras palabras, el pentecostalismo se entiende mejor como una tradición mística de la iglesia universal (catholic)” (p. xvi)

La monografía de Castelo es una lectura académica agradable y altamente estimulante. Y, como él mismo reconoce en el postscriptum, una que indudablemente provocará “resistencia significativa… desde distintos domicilios y posiciones” (p. 178). Me imagino que yo mismo caería en uno de esos domicilios de resistencia: la teología sistemática es mi subdisciplina, y por si fuera poco, él llama a “cuestionar la viabilidad de algo llamado teología sistemática”. Y, más que eso, la presuposición central en la que basa su trabajo es una con la cual no tengo ninguna simpatía: de acuerdo a Castelo, “el pentecostalismo en una serie de aspectos es decisivamente no una tradición protestante en general, y no es parte de la amalgama conocida como  evangelicalismo particularmente” (p. xiii). Contrariamente a Castelo, yo diría que el pentecostalismo que cesa de ser protestante y evangélico, deja de ser verdaderamente pentecostal. Con todo, pese a diferencias fundamentales como estas, disfruté mucho el trabajo de Castelo, y estoy seguro que interactuaré con él en muchos de los años que vienen.

A pesar de nuestras diferencias presuposicionales, una de las cosas que me enriqueció del trabajo de Castelo fue lo que esbozó como puntos de contención entre el evangelicalismo y el pentecostalismo. Como él afirma respecto a sus limitaciones, es imposible dar una mirada global del movimiento evangélico, así que trabaja con las miradas expresadas por ciertas formas del evangelicalismo norteamericano. Así que, si, puedo admitir de buena gana que el pentecostalismo no es el evangelicalismo de Carl F. H. Henry. Pero entonces nuevamente, no estoy seguro si alguna forma de evangelicalismo británico o europeo (sin mencionar las amplias tendencias del pentecostalismo norteamericano) encajaría en el molde de Henry. Así que, la distancia de Castelo entre pentecostalismo y evangelicalismo tendría algún sentido si se trabaja con definiciones muy limitadas, tanto del evangelicalismo como del pentecostalismo (pero no cuando se toma una mirada más amplia).

En efecto, podría ser que tomando una mirada más amplia del evangelicalismo, el aspecto místico del pentecostalismo podría fortalecerse (y ser rescatado de la idea de “significativa resistencia” que Castelo espera). Castelo en varios puntos reconoce que los pentecostales mismos en gran parte desconocen los escritos de los místicos y se incomodan con el lenguaje del misticismo. No obstante, hay otra tradición con su propia piedad mística con la cual los pentecostales británicos han encontrado históricamente una gran afinidad, y cuyos escritos les son familiares a (al menos a todos excepto los de la generación más reciente de) los pentecostales británicos. ¿Qué tradición es esa? ¡El puritanismo!

El libro de Tom Schwanda, Soul Recreation: The Contemplative-Mystical Piety of Puritanism (2012), provee una consideración académica de la piedad mística de Isaac Ambrose, un puritano de Lancashire del siglo XVII.  Y, al hacerlo, podría ser un compañero de diálogo útil para la conversación sobre pentecostales y piedad mística que Castelo busca abrir. Esto, dado que en el trabajo de Schwanda (y en la vida y pensamiento de Isaac Ambrose) encontramos el ejemplo de una piedad mística que ilustra paralelos con el pentecostalismo temprano y, al mismo tiempo, está firmemente enraizada en una identidad protestante evangélica.

casteloMientras que Castelo critica a los evangélicos por su logocentrismo y ve el misticismo pentecostal como un correctivo, Schwanda (y Ambrose) proveen una alternativa, la piedad mística evangélica, firmemente enraizada en la Escritura y en el Cristo de las Escrituras, viendo ahí la obra del Espíritu. Schwanda usa el ejemplo de Ambrose para demostrar que los evangélicos no necesitan correr a otras tradiciones para encontrar una piedad místico-contemplativa, sino que además pueden acudir a los recursos que ya existen en su propia tradición. “entonces, el desafío es recobrar la herencia perdida de la piedad en la teología [reformada/evangélica] que por sí misma ciertamente no es exclusiva de la patrística y la piedad medieval” (p. 245)

Ahora, quizá en el escenario norteamericano las afinidades y conexiones entre el puritanismo y el pentecostalismo no son tan claras como lo son en Gran Bretaña. Pero, para que al lector norteamericano no le quepa duda acerca de esta afinidad, solo tiene que mirar las descripciones que Isaac Ambrose hace de su experiencia del 20 de mayo de 1641. Schwanda toma esto como un claro ejemplo de una experiencia mística (p.177). Así, para un lector pentecostal, no son los místicos lo que viene a su mente al leer las tres consideraciones de la experiencia de Ambrose. Más bien, suena igual que las consideraciones del pentecostalismo temprano sobre el bautismo del Espíritu Santo. Aquí hay una de las descripciones del propio Ambrose sobre lo ocurrido:

 “Hoy por la tarde el Señor, en su misericordia, derramó en mi alma el deleitoso gozo de su bendito Espíritu. Oh, ¿cuán dulce fue el Señor para mí? Nunca antes sentí el delicioso gusto del cielo: creo que fue el sonido alegre, los besos de sus labios, la dulzura de Cristo, el gozo de su Espíritu, el nuevo vino de su Reino; continuó conmigo por cerca de dos días” (Isaac Ambrose, en Schwanda, Soul Recreation, p.178).

En otra ocasión, Ambrose escribe que ese día, cuando “fue llevado en éxtasis y deslumbre” en “el indecible gozo del Espíritu de Dios”, fue cuando “empezó a ver las cosas espirituales… de lo cual siguió más deseo y esfuerzos tras la gracia”.

La similitud de la experiencia de Ambrose con los testimonios del pentecostalismo temprano es inescrutable. Y dado ambos, el pedigree puritano (a diferencia de los Estados Unidos, el pentecostalismo británico no tenía un trasfondo wesleyano, y más significativo aun, los primeros lideres pentecostales vinieron originalmente de denominaciones que trazaron sus raíces hasta la Gran Expulsión [Great Ejection] de 1662 y así hasta el puritanismo) y las afinidades entre puritanismo y pentecostalismo británico, esta similitud no aparecería como una mera coincidencia. Estas son tradiciones emparentadas, separadas por cerca de 300 años, pero que describen experiencias muy similares de formas muy similares.

Schwanda identifica la experiencia de Ambrose como mística, demostrando “una piedad místico-contemplativa que es tan rica como aquella de los escritores devotos occidentales y católico romanos” (p. 180), esbozando una comparación con Teresa de Ávila, Bernardo de Clairvaux y Jan Ruusbroec.

Castelo argumenta que el pentecostalismo es una tradición mística. Schwanda demuestra que, históricamente, una piedad mística puede estar firmemente enraizada en la teología protestante evangélica. Y, además, la hebra del protestantismo evangélico es una desde la cual el pentecostalismo (británico) fluyó y con la cual el pentecostalismo tiene varias afinidades. Entonces, no es necesario, como Castelo lo diría, deshacerse de los amarres protestantes evangélicos del pentecostalismo para ver un elemento místico en la vida y pensamiento pentecostal. Más bien, una piedad mística puede florecer, y de hecho ser promovida, al interior de una teología evangélica y con un fuerte vínculo a la autoridad de la Escritura.

Para aquellos que leen libros de teología académica, recomiendo vivamente las monografías de Castelo y Schwanda. Y para aquellos que no lo hacen, he oído que debería haber próximamente una introducción de nivel divulgativo a Isaac Ambrose y su piedad, escrito por Tom Schwanda (al cual estoy esperando con ansias). Y por supuesto, mientras tanto, siempre está la magnum opus de Isaac Ambrose, Looking Unto Jesus, ¡para dar mucho que leer!

*pastor y profesor de la Apostolic Church. Ministro de la iglesia en Leeds. Estudió teología en la University of Cambridge (MA), Continental Theological Seminary/University of Wales (MTh) and the University of Chester (PhD on the Trinitarian ecclesiology of the Apostolic Church.) Enseñó teología en el Continental Theological Seminary, Bruselas. Autor del libro: Apostolic Theology: A Trinitarian, Evangelical, Pentecostal Introduction to Christian Doctrine

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Originalmente publicado en Apostolic Theology, 2017. Traducido con autorización. Traducción de Luis Aránguiz Kahn.

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