Por Luis Aránguiz Kahn*

¿Cómo eran los pentecostales que estuvieron contra la dictadura? ¿Qué reflexiones podemos extraer de su experiencia? El el presente texto buscaremos ensayar algunas respuestas a estas cuestiones, considerando que trataremos un caso particular que está inserto dentro de una lógica global marcada por la Guerra Fría, que afectó a todas las iglesias. En esto, las reacciones pentecostales no son novedosas. Por ello, el énfasis de nuestro ensayo consistirá en rescatar y reflexionar sobre el caso de los pentecostales contra la dictadura, en relación con el amplio movimiento pentecostal, más que con el mundo evangélico en general. En otras palabras, buscaremos contrastar cómo los efectos de la polarización global afectaron internamente al pentecostalismo chileno, especialmente en lo referido a su teología y pensamiento en relación con la política.

 

     Restaurar y conservar

La Dictadura militar que gobernó Chile por 17 años luego del golpe de Estado en 1973, trajo consigo cambios considerables en la sociedad. La fuerte división político-social entre izquierda y derecha que se venía gestando en décadas anteriores, alcanzó su culmen en este suceso, y el movimiento pentecostal no quedó exento de ello. Uno de los hitos que marcó significativamente las posiciones, fue la publicación de un documento titulado “Declaración de la Iglesia Evangélica Chilena”[1] en diciembre de 1974, en el que 32 representantes de denominaciones cristianas evangélicas apoyaron a la dictadura, ante las acusaciones hechas por la ONU en su contra por violación a los Derechos Humanos, cuya veracidad a la postre ha sido incuestionablemente confirmada. Junto con ello, se adoptó un talante radicalmente anti-marxista que validó las acciones del gobierno de facto, señalando su instauración incluso como una acción divina. De entre esos firmantes, más de 20 pertenecían, o eran extremadamente cercanos, al movimiento pentecostal chileno[2].

La inquietante cifra de representantes pentecostales despierta la pregunta sobre porqué firmaron. Cabe responder que hay dos versiones. Una de ellas, oficialista, sostiene que “los dirigentes se sintieron totalmente interpretados por los términos de esta declaración y firmaron con gran satisfacción”[3]. Sin embargo, También podemos encontrar registro de testimonios divergentes que muestran un lado menos complaciente: se afirmó que “los que no figuraran firmando el documento, corrían el riesgo de desaparecer como iglesias, cosa que más tarde trataron de hacer”[4]. Así, hubo firmas que probablemente fueron por una real adherencia a la dictadura -haya sido ingenua o consciente- estimulada por el temor al ateísmo promovido por la izquierda marxista y sus posibles consecuencias como la persecución contra los cristianos; mientras que probablemente hubo otras motivadas por el miedo al cierre de las iglesias. Ahora bien, cabe destacar que nunca se hizo una consulta de opinión a las bases, por lo que la adherencia irrestricta de la “mayoría” pentecostal debiese observarse con cautela, especialmente sumando a esto el hecho de que los propios líderes eclesiásticos no son electos según un principio de representatividad democrática. Así, la crítica a la legitimidad representativa de las firmas es, también, una crítica a la legitimidad representativa de los firmantes. A esto debe sumarse el hecho de que luego hubo firmantes que buscaron desmarcarse del documento.

En cualquier caso, esta declaración fue incentivada por otros intereses. En una introducción previa a su lectura, en el evento realizado el 13 de diciembre de 1974 en el Edificio Diego Portales, ante la presencia de Augusto Pinochet y los líderes, se dijo que: “por primera vez en la historia de sus cien años de existencia, un Jefe de Estado recibe en pleno a sus directivos, pastores y líderes”[5]. En otras palabras, lo que había tras esto era, también, la búsqueda de una legitimidad pública, hasta entonces negada, para el mundo evangélico. Además, visto que la Iglesia Católica se negaba a respaldar la dictadura pinochetista, se hizo necesario buscar una legitimación religiosa supletoria[6], la cual fue satisfecha por este acto evangélico que más tarde daría paso a la inauguración de la tradición del TeDeum Evangélico en 1975, realizado en Jotabeche, la Catedral Metodista Pentecostal. En este sentido, al anti-marxismo pentecostal no extraña añadir también un anti-ecumenismo, dado que el TeDeum Evangélico venía a ser una respuesta al TeDeum católico ecuménico. De este modo, dictadura e iglesias evangélicas cultivaron una relación clientelar de apoyo mutuo y de preservación del status quo, anteriormente amenazado por la fuerza política de la izquierda allendista. Con todo lo político que esto fue, este grupo de pentecostales siguió llamándose a sí mismo “a-político”. La deriva histórica de este grupo puede verse con más claridad en el reciente texto de Andrés Hurtado.

 

            Resistir y progresar

En un panorama religioso como el descrito, y considerada la violencia estatal ejercida sobre cualquier disidencia de la época, era difícil pensar en tomar una postura opositora. Sin embargo, hubo organismos de carácter ecuménico, como el Comité Pro Paz, que agruparon a cristianos de distintas iglesias e incluso personas de otras religiones, con el fin ayudar a los perseguidos políticos. Ahora bien, en lo que concierne al pentecostalismo, cabe destacar que pese al apoyo aparentemente mayoritario prestado a la dictadura, hubo grupos que se opusieron a ella.

En este contexto, surge el llamado “Pentecostalismo profético”. Este fue el nombre que adoptaron algunos creyentes pentecostales para distinguirse de la corriente principal antes descrita. Términos como “profecía” y “profético” son muy comunes en el lenguaje pentecostal y carismático. Generalmente están relacionados con el carisma espiritual de ciertos creyentes que, por acción del Espíritu, tienen revelaciones usualmente relacionadas con la condición actual o futura ya sea personal o colectiva, de la iglesia o del mundo en general. Sin embargo, estos términos también tienen otra dimensión: “profético” designa el carácter y actitud de un oficio, el de ser profeta: un rol dentro del conjunto social que está directamente vinculado con la denuncia. En el antiguo Israel, el profeta es quien denuncia el pecado, la corrupción y la injusticia tanto del pueblo como de sus líderes. El pentecostalismo profético se relaciona sobre todo con esto último, más que con lo primero.

Influenciados por la Teología de la Liberación, los pentecostales “proféticos” encararon a la dictadura al mismo tiempo que al mundo religioso favorable al dictador. Un grupo que puso el acento “profético” a lo pentecostal, se situó al interior de la Misión Iglesia Pentecostal (MIP), cuyos líderes, además, se negaron a firmar la citada Declaración de la Iglesia Evangélica Chilena. Quienes componían este grupo, estuvieron activamente vinculados a actividades ecuménicas, pese a los prejuicios del mundo pentecostal en general acerca del Concilio Mundial de Iglesias, visto como una entidad permeada por el marxismo. Esta actitud abierta da cuenta de un avance significativo en la autocomprensión del pentecostalismo como apenas un movimimiento dentro de la gran familia cristiana, lo que permitió construir alianzas entre distintas iglesias en torno al objetivo común de oponerse a la dictadura.

Un estudio de caso antropológico realizado por el investigador holandés Frans Kamsteeg[7], a quien seguiremos y comentaremos en lo sucesivo, da cuenta del modo en que este grupo se situó como contrapropuesta en el escenario de la época. En efecto, la congregación de la MIP ubicada en la población La Victoria, una toma de terreno desde la cual se dio una dura resistencia a la dictadura, estuvo involucrada en la vida comunitaria del sector a través de ollas comunes y otras actividades sociales, sin contar que algunos de sus miembros trabajaron en la formación de espacios de acción como el Servicio Evangélico Para el Desarrollo (SEPADE) y otros. Todo esto ya situaba a la MIP como una novedad dentro del mundo pentecostal, cuya vinculación comunitaria no destacaba por ser proactiva. Con el paso de los años y la intensificación de las protestas contra el régimen, hubo jóvenes que radicalizaron sus posturas e incluso participaron en enfrentamientos contra la policía, lo que trajo también tensiones dentro de la comunidad religiosa con aquellos que no gustaban de la protesta violenta.

Cabe notar que la MIP, en cuanto proyecto eclesiástico, fue desde su nacimiento una propuesta distinta al pentecostalismo en general. Sus fundadores fueron miembros apartados de la Iglesia Evangélica Pentecostal en 1952, una de las denominaciones más grandes del país, y quisieron construir una iglesia que no tuviera los defectos de la iglesia de origen. Se permitió a las mujeres predicar, las comunidades eran democráticas, se mostró una apertura al ecumenismo y a la sociedad, se buscó la capacitación pastoral, entre otras cosas. En suma, se trató de un proyecto que efectivamente buscaba superar las barreras más problemáticas de la mentalidad pentecostal que, en varios sentidos, aún permanecen en diversas iglesias del movimiento.

En tiempos como los descritos, en que Chile estaba fuertemente influenciado por la cultura estadounidense en general, y en el ámbito religioso, por el evangelicalismo conservador y sus predicadores; en que el poder del Estado estaba en manos de un ejército que no dudaba en llegar a las últimas consecuencias con tal de mantener su orden; en que había una fuerte persecución; sostener ideas y prácticas de este tipo era un acto de valentía, aun cuando, tal como en este caso, su incidencia fuera muy reducida. En este sentido, los pentecostales proféticos merecen todo el respeto y debiesen ser tomados como un ejemplo de compromiso cristiano con el pobre y el perseguido. Cualquier cristiano que se identifique con la profundización democrática y sus valores, hallará aquí un caso digno de aprendizaje.

Sin embargo, el pentecostalismo profético también tiene un reverso que no puede ignorarse y que dice relación con la pregunta por la identidad teológica pentecostal. Aunque la cuestión sobre qué es lo que define el “ser” pentecostal tiene variadas respuestas, en este caso se torna tanto más interesante. Sabemos que se trató de un grupo de oposición y de resistencia. Sin embargo, de acuerdo a las observaciones de Kamsteeg, entre ellos había algunos que apenas se identificaban a sí mismos como pentecostales. En las conclusiones de la obra, se toma nota de algunos hechos que permiten explicar esto. En primer lugar, se desprende que el modelo MIP, al ser una respuesta al pentecostalismo tradicional, paulatinamente se fue despojando de ciertos rasgos de la identidad de procedencia, entre los que no solo figuraban el rigor conductual y las costumbres indumentarias, sino también el carisma y el fervor espiritual típicamente pentecostal.

En segundo lugar, surge la necesidad de una “redefinición” de lo pentecostal, íntimamente relacionada al primer punto. Los proféticos dieron un giro a la teología pentecostal clásica. De acuerdo a una categorización de la época, el núcleo de la teología pentecostal está compuesto por cuatro elementos: el rol de Jesús como salvador del alma, el bautismo en el Espíritu, la sanidad corporal y la escatología de la segunda venida de Cristo. Mientras que antes la salvación era individual, los proféticos enfatizaron la “salvación del mundo” reforzada por el papel de una iglesia abierta al mismo. El bautismo del Espíritu fue menos entendido como una experiencia interior que dota al creyente de los carismas del Espíritu, y pasó a ser una “inspiración” de denuncia profética. La sanidad que antes se aplicaba al cuerpo humano, fue entendida como sanidad para las enfermedades sociales. Y, por último, en su reinterpretación de la escatología, no importaba tanto la segunda venida de Cristo sino el trabajo que la iglesia hace para recibirlo a su retorno. De este modo, las creencias medulares del pentecostalismo fueron resignificadas, quedando de lado la interpretación tradicional.

Un pensamiento como este podría llevarnos a preguntar si acaso los pentecostales proféticos eran más proféticos que pentecostales. Después de todo, lo que le dio vida al movimiento pentecostal a nivel mundial y permitió su crecimiento exponencial, fue la creencia en lo milagroso en medio de sociedades encaminadas por una creciente secularización y racionalismo cientificista. ¿Puede llamarse “pentecostal” un movimiento que no busca la experiencia místico-comunitaria que es natural al pentecostalismo tal como se lo concibió desde un principio? ¿Se puede ser pentecostal sin sostener la lectura tradicional de las creencias del movimiento? ¿Estas relecturas satisfacen la naturaleza de lo pentecostal? La discusión abierta por estas preguntas es abismante y no pretendo entrar en ella. Más bien, prefiero ir en otra dirección y pensar si acaso estas dos interpretaciones, la tradicional y la profética, son tan opuestas como parece.

 

            ¿Un nuevo Profetismo Pentecostal?

En su mirada relativamente contemporánea en 1998, Kamsteeg hizo algunas observaciones críticas a la MIP, como por ejemplo, que ha tenido diversos problemas para crecer y que las ideas que antes se propugnaron a través de ella ya no son defendidas con la misma intensidad –si acaso aun las defienden-. Un examen análogo podemos hacer de la Teología de la Liberación a la cual adherían, y si acaso puede prestar alguna utilidad hoy al movimiento pentecostal, considerando sus deficiencias generales frente a la cuestión de la espiritualidad y la mística cristiana (aunque en este punto, se agradecen avances significativos como el de Dorothee Sölle). Estos asuntos suscitan también el problema del contexto. ¿Cómo dar forma a estas ideas, en tiempos de democracia y pluralismo, desde un punto de vista pentecostal que no descuide la naturaleza espiritual propia al movimiento?

De aquí surgen tres desafíos. El primero de ellos requiere asumir previamente que, por un lado, el pentecostalismo es un modo de cristianismo antes que pentecostalismo a secas, por lo que ni es único ni es propietario de los carismas; y por otro, que el profetismo de la denuncia no es propiedad exclusiva de la Teología de la Liberación sino que es, ante todo, un paradigma bíblico que puede ser recuperado libremente sin necesidad de recurrir exclusivamente a ella. Así, el primer desafío consiste en ir más profundo en la identidad teológica pentecostal. Adoptar un punto de vista político no debiese llevarnos a mirar nuestra fe o nuestras iglesias solo como un modo de lucha política. Nuestra fe debería ser siempre la fuente de fortaleza, y cuando digo “fe”, no estoy pensando solamente en la fe cristiana y la especificidad de su relato político en torno a la Memoria passionis, sino en el modo particular en que el pentecostalismo ha enseñado a vivir el cristianismo. Y cuando digo “pentecostalismo” no me refiero a las cuestiones indumentarias, sino ante todo a la espiritualidad: el poder transformador del Espíritu Santo como forma de actualización de la memoria de la pasión de Cristo en la Cruz. Pentecostés como consecuencia de la Resurrección, de la victoria sobre la muerte. En otras palabras: el profetismo de la denuncia no es incompatible con el profetismo carismático clásico.

En segundo lugar, es necesario repensar nuestras iglesias. El surgimiento de la MIP como proyecto alternativo a otras denominaciones representa un intento por reformular la institucionalidad tradicional pentecostal que caracteriza a varias iglesias de primera línea. Aun cuando haya mayor o menor acuerdo con sus distintas propuestas institucionales (democracia interna, ecumenismo, género, educación ministerial, entre otras), el proyecto MIP buscó resolver asuntos que en muchas iglesias hoy están vigentes y expuestos ante el cuestionamiento de una generación cada vez más inquieta por “reformar” sus iglesias. Existe una necesidad  y una responsabilidad histórica por pensar los mecanismos institucionales de representatividad, preparación ministerial, género, comportamiento sociopolítico, entre tantos otros. Esta tarea supone un desafío para las generaciones más precavidas, pero también para las autoridades en busca de un diálogo generacional que supere el adultocentrismo y el autoritarismo.

En tercer lugar, necesitamos cultivar la habilidad de pensar políticamente tomando en cuenta nuestro contexto. El siglo XX trajo consigo cambios geopolíticos a todo el planeta, que repercutieron por ello mismo en países como Chile. El proyecto allendista hacía eco de un gran proyecto ideológico del mismo modo que lo hizo la dictadura. En este sentido, los pentecostales (como todos los cristianos en general) lo que hicieron fue responder a uno u otro modelo ideológico-político que, además, como observa el teólogo pentecostal Juan Sepúlveda, podría hallar su correlato en la marcada diferencia que se hizo entre un modelo evangélico fundamentalista y otro ecuménico[8].

Por otra parte, en el Sur Global, los pentecostales aún estamos a la retaguardia de las discusiones teológico-políticas. Esto puede deberse a que estamos en el proceso de producir un pensamiento teológico incipiente en el campo político. Muchas de nuestras iglesias aún pelean por resolver si la salvación se pierde o no. Por ello, para los que tratan de discutir otro tipo de asuntos, puede ser difícil adaptarse a la forma de pensar de sus hermanos y hermanas. Además, en general nuestras iglesias pentecostales y carismáticas en Latinoamérica están alineándose en fuertes posiciones derechistas, motivadas generalmente por una comprensión dicotómica, reductiva y errónea sobre la moral que distingue entre lo sexual y lo social. Nada desconocido, considerando que han tenido una lamentable tradición en este punto.

Necesitamos, más que nunca, ser capaces de pensar considerando nuestro contexto. Estamos en tiempos en que la globalización económica y todos sus efectos, ya sea culturales, sociales y políticos, se dejan sentir en nuestras sociedades latinoamericanas. No podemos pretender pensar como un estadounidense o un europeo. Tenemos que pensar, ante todo, como parte de una zona geográfica marcada por el colonialismo, considerando nuestra posición desmedrada en el tablero político mundial y observando cómo ciertos poderes invisibles oprimen al ser humano. Pero todo esto sin descuidar nuestro legado más precioso, la espiritualidad pentecostal. Nuestra tarea es desmontar la dicotomía entre espiritualidad y compromiso social.

¿Cuál es la esperanza? El pentecostalismo profético indudablemente fue una respuesta en un tiempo difícil para Chile. Sin embargo, fue también una respuesta a una tradición que no estaba preparada para resolver preguntas. Pero las cosas han cambiado. Estamos en otro momento. Ambas experiencias, la de pentecostales tradicionales y pentecostales proféticos, puede ser útil para entender el pasado y por qué somos como somos en el presente. Es necesario tomar lo mejor de ambos y trabajar en aunar espiritualidad y compromiso, para dar forma a un nuevo profetismo pentecostal que admita en su seno tanto la poderosa fuerza carismática que ha enriquecido al movimiento pentecostal, como la poderosa fuerza testimonial del servicio diacónico y el compromiso con la justicia en nuestro mundo. De este modo, no solo podemos pasar de ser un movimiento de protesta a uno de propuesta, sino también evitar -en lo posible- ser arrastrados a enmarcarnos de manera irrestricta a alianzas partidistas, como nos ocurrió en el pasado reciente. El análisis desapasionado de ambas reacciones podría permitirnos caminar a una discusión más consistente respecto a una, o unas, teologías políticas de tipo pentecostal.

Profeticemos, como lo hicieron los antiguos santos, en medio de la miseria y el polvo de los barrios pobres del país, entre los marginados, y ante todo pobre de Espíritu sin importar su condición socioeconómica, pero esta vez con la consciencia de los poderes que se ciernen sobre nosotros. Ciertamente, no cambiaremos estructuras políticas o económicas. No obstante, igual que antes, Dios entre y a través de nosotros puede cambiar personas. El asunto es ser comunidad pentecostal, experimentar los carismas del Espíritu los unos con los otros, sirviendo a Dios en el amor al prójimo. Tenemos el potencial no solo para ser una voz profética, sino sobre todo para ser acción profética. Así testificaremos, en este nuevo escenario, que nuestro Kyrios no es Mammón, sino Jesús.

*Editor responsable de Pensamiento Pentecostal. Licenciado en Letras Hispánicas, P. Universidad Católica de Chile.

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Una versión inicial de este texto fue publicada originalmente en Pentecostals And Charismatics for Peace and Justice, 2017.

Notas

[1] La declaración completa puede descargarse aquí:

 http://www.archivomuseodelamemoria.cl/index.php/77911;isad?page=1

[2] Están representadas en el documento la Iglesia Metodista Pentecostal de Chile, Asamblea de Dios Autónoma, Corporación Asambleas de Dios, Iglesia Evangélica Pentecostal, Iglesia de Dios de Chile, Iglesia Internacional del Evangelio Cuadrangular, Iglesia del Nazareno, Corporación Iglesia del Señor, Misión Iglesia Pentecostal Apostólica, Iglesia de Dios Pentecostal, Unión de Iglesias Apostólicas Pentecostales, Iglesia Evangélica de Vitacura, Iglesia Pentecostal de Chile, Iglesia del Señor, Ejército Evangélico de Chile, Corporación Cristiana Pentecostal de Chile, Iglesia Evangélica de los Hermanos, Iglesia Unión Pentecostal “El Triunfo”, Misión Pentecostal Naciente, Misión Pentecostal de la Trinidad y Corporación Iglesia Unida Metodista Pentecostal.

[3] Puentes, P. (1975). Posición Evangélica. Santiago: Gabriela Mistral. P. 13.

[4] Sepúlveda, Narciso. (1988). “Misión Iglesia Pentecostal”. En En Tierra Extraña. Ed. Palma, Irma. Santiago: Amerinda. P. 212.

[5] Puentes, P. (1975). Posición Evangélica. Santiago: Gabriela Mistral. P. 26.

[6] Lagos, Humberto. (1988). Crisis de la esperanza: religión y autoritarismo en Chile. Santiago: Presor-Lar. P. 155.

[7] Kaamsteg, Frans. (1998). Prophetic Pentecostalism in Chile. Maryland: The Scarecrow Press.

[8] Sepúlveda, Juan. (1999). De peregrinos a ciudadanos. Santiago: Konrad Adenauer.

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