Por Miguel Ángel Mansilla*

El libro El principito Antoine de Saint-Exupéry dice: “…el rey daba gran importancia a que su autoridad fuese respetada. Era un monarca absoluto, pero como era muy bueno, daba siempre órdenes razonables… si yo ordenara a un general que se transformara en ave marina y el general no me obedeciese, la culpa no sería del general, sino mía… La autoridad se apoya antes que nada en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, el pueblo hará la revolución. Yo tengo derecho a exigir obediencia, porque mis órdenes son razonables”. Entendiendo que el rey y los súbditos representan un sistema político. El pentecostalismo y los pentecostales y el pastor y los feligreses representan un sistema religioso. En ese sentido las preguntas serían ¿Qué importancia le asigna el pentecostalismo a la autoridad del pastor? ¿En qué se sustentan las órdenes que da el pastor pentecostal? ¿Los feligreses que no obedecen es responsabilidad del  pastor o del feligrés?  Siendo un sistema religioso que no se apoya en la razón, sino en la fe y que además desconfía de la razón, entonces ¿Bajo qué argumentos se sustenta la obediencia de los feligreses?

Pero, ¿qué es la obediencia? Etimológicamente significa el que escucha o saber escuchar.  Como destaca un autor: “es más un acto del corazón que del oído. Escuchar y obedecer vienen de la misma raíz etimológica. En latín, ob-audire y obeodire son dos vocablos muy próximos. En la literatura cristiana ambos términos se relacionan con la palabra hebrea shema, cuyo sentido primario es “escuchar”, y el secundario, “obedecer”[1]. Por otro lado, en la etimología griega (hypako) la idea de obedecer significa literalmente “oír desde abajo”, esto es: escuchar bajando la cabeza, escuchar con sumisión, atender o tomar atención. Si observamos la cultura pentecostal, la obediencia se fundamenta en la concepción griega y no en la hebrea.

Por ello, en la cultura pentecostal la obediencia es concebida como un acto de docilidad, sumisión o sometimiento. La obediencia, termina siendo un acato sin necesidad de argumentos explícitos. Hay que obedecer por el sólo hecho que lo dice una autoridad. Sin embargo, cuando se observa cómo era la relación del pastor con el feligrés, en los primeros años del pentecostalismo: era una relación de iguales, pero sobre todo de hermanos. Eran relacionales horizontales y no jerárquicas. El pastor era el hermano, no el padre. Empero una vez que Hoover  se constituye en pastor de la Iglesia Metodista Pentecostal “estableció un patrón de liderazgo fuerte en las iglesias. Los hermanos tenían que obedecer a los pastores” (Bullón, 1998. 66). La institucionalización del pentecostalismo fue adaptándose a la cultura popular y la forma de autoridad del pastor se llenó con los contenidos del hermano mayor y del padre de la familia extendida del campo.  De ahí en adelante, la relación entre pastor y feligrés se estableció una relación de oposición y jerarquía. La obediencia asumió una concepción de minoridad: el feligrés es un niño y el pastor lindaba entre el hermano mayor y el padre, alguien que mandaba, ordenaba y los demás obedecían. Este sistema de mando y obediencia dio resultados sorprendentes porque era un sistema abierto de autoridad, es decir todos los hombres podían llegar a ser “hermanos mayores” y/o “padres de familia” con la posibilidad de establecer nuevas iglesias con los conversos y los descarriados se producían y reproducían las relaciones pastor-feligrés y mando y obediencia.

La institucionalización del pentecostalismo significó una sacralización extrema de la obediencia que se extendió a todo tipo de autoridad: obedecer a los pastores; obedecer a los patrones; obedecer a las autoridades policíacas, militares y políticas. La obediencia se confundió con sumisión y posteriormente la obediencia terminó derivando en obedecer silenciosamente. Por lo tanto, cualquier desobediencia fue satanizada y demonizada al extremo infernal. Si hubiese que hacer un análisis de los pastores y líderes fundadores de denominaciones pentecostales, eran personas obedientes, que obedecían ciega y silenciosamente. Luego se aburrieron de tal actitud y conducta, contraria al estadio primigenio del pentecostalismo que fue un acto rebelde y desobediente. No obstante, una vez que ellos fundaban una nueva iglesia predicaban e incentivaban, lo mismo que criticaba de sus líderes anteriores, la obligatoriedad de hacer las cosas silenciosa y ciegamente y después se sigue repitiendo la historia de rebeldías y obediencia.

Si bien, la rebeldía no es la esencia del pentecostalismo, sino la obediencia. No obstante la obediencia permite la relación autoridad e iglesia y pastor y feligrés, pero la rebeldía permite la constitución de nuevas denominaciones pentecostales, por lo tanto la competencia religiosa. Esto es: ¿Quién tiene la iglesia más grande? ¿Quién construye más templos? ¿Quién construye el templo más grande? ¿Qué denominación es más grande, con más iglesias, más pastores o se extiende más por el extranjero? Es una competencia por el carisma. Quien logra más recursos es el elegido de Dios y del Espíritu Santo.  Más aún, es la rebeldía la que hace crecer al pentecostalismo y no la obediencia. Aunque la rebeldía no es la esencia predicativa de los pentecostales, pero se generan las condiciones con el derecho a la palabra, el acceso a la Biblia: un libro de rebeldes; el acceso al púlpito y la predicación individual. Esto despierta en los líderes que están cerca del pastor, la magia de la rebeldía. Especialmente en aquellos que no ven posibilidades de ser líder de la iglesia o de la denominación; entonces ven cerrados sus espacios de movilidad de autoridad, no les queda más que resistir, rebelarse y abrir una nueva iglesia.

A las mujeres se le enseñó la sumisión a su marido, sin importar cómo fuera, incluso a los violentos. El problema no es la mutua sumisión al interior del matrimonio, sino porque la sumisión se transforma en una desigualdad de género: es decir sólo a la esposa se les obliga ser sumisa y no al marido. Por ello, mujeres rebeldes como  Elena Laidlaw, verdadera líder y fundadora  del movimiento pentecostal chileno fue excluida y olvidada de la memoria pentecostal, para que ninguna mujer siga su ejemplo. De este olvido se encargaron Hoover y los líderes chilenos. Esta construcción de la mujer pentecostal silente, sumisa y obediente, como líder religiosa, ha generado que encontremos muy pocas mujeres como pastoras. La mayor proporción de mujeres pastoras se encuentran en el pentecostalismo de origen misionero. Sin embargo, no hay mujeres que dirijan las denominaciones a nivel nacional. No encontramos mujeres rebeldes, excepto Elena Lailaw, es decir mujeres creadoras de nuevas denominaciones pentecostales. No hay mujeres desobedientes. No hay mujeres cismáticas y herejes: sólo mujeres sumisas, ya que se ha resaltado a la mujer virtuosa, aquella que es esposa y madre, no una mujer que lidere una iglesia o una denominación.

En el caso de los niños se les socializa con una divinización de la obediencia a las distintas autoridades. Una cosa es el respeto, pero aceptar los dichos de una autoridad sin pensar, reflexionar y sopesar no es obediencia, sino acatar. El problema está en la socialización religiosa con los niños. El estudio siempre ha sido un tema poco importante, sólo un carácter instrumental. En la primera mitad del siglo XX, sólo era necesario aprender a leer y escribir, para leer la Biblia. Luego estudiar para trabajar, es lo que permanece hasta hoy. Sin embargo, no hay propuesta de metas sociales, políticas y económicas para los niños. Toda gran meta es considerada afán y materialismo. Existe una concepción pesimista del empresariado, porque el afán al materialismo quita el interés por lo espiritual. Lo político es considerado mundano y demoniaco. Los proyectos de solidaridad social existentes son parte de líderes rebeldes que quieren ayudar al desvalido, pero en general es mal visto por las denominaciones, porque lo más importante es lo espiritual, de los demás que se encargue el Estado. ¿Por qué? porque la iglesia es concebida como una institución puramente espiritual y no social ni solidaria. Mucho menos que haya una motivación para incentivar a los niños y jóvenes a ser científicos, investigadores, pensadores o escritores. Cualquier proyecto intelectual, académico, cultural o empresarial, sólo es un interés individual. Por el contrario las iglesias desincentivan estos proyectos por miedo a que el feligrés se pierda, se vaya al mundo o se llene de raíz de amargura, es decir sea reflexivo y crítico. Eso no significa que no los haya, sólo que no hay una motivación institucional, por el contrario, sólo hay obstáculos para que nadie lo logre.

A  los pentecostales se nos forma para el silencio político. Entre los pentecostales no se  conversa de política: la política es como el sexo un tema privado. Así, un movimiento que nació rebelde, que se rebeló contra el extranjerismo religioso; la exclusión del carisma; y la explotación y opresión social y política, condenó a sus feligreses a la “trilogía de la obediencia” (sumisión, sometimiento y silencio). Ha condenado un movimiento a la desgracia y a la tragedia latina: la ideología del redil. Este silencio político nos empuja a la complicidad con las injusticias sociales. Luchamos contra lo que consideramos el mal, por ejemplo las leyes pro aborto, el divorcio o que favorezcan el matrimonio homosexual. Sin embargo no hay una protesta ni incentivos de luchar contra las desigualdades sociales, no hay marchas ni acompañamientos a grupos que luchan a favor de la educación, la salud o leyes laborales favorables al trabajador.

La crítica al pastor,  a la iglesia o a la denominación  es considerada como una palabra maldita, que quema los labios y que debe ser, no sólo abandonada, sino también exorcizada. La crítica es considerada como pecado, es sinónimo de detracción. La crítica es considerada a la altura de “raíz de amargura” que hay que arrancar, expulsar o silenciar a través de cualquier conjuro. Simplemente, no hay espacio para la crítica. Pero si se puede criticar al mundo, a los otros, a la Iglesia Católica, los de fuera, a los pecadores, pero no la autocrítica, porque sería considerado como un espíritu mefistofélico pernicioso para la fraternización y liderazgo. Una actitud de autocrítica para los líderes sería reconocer que su labor es más humana que divina, que fue el espíritu humano más que el Espíritu Santo el que primó. Implicaría auto-deslegitimarse ante sus congregados y fieles. Esto porque el liderazgo pentecostal fue fuertemente influido por Hoover, quien se encargo que el carácter del pastor sea “fuerte y autoritario. Esto  creó la tendencia  de formar culto a la personalidad y es una causa seria de divisiones en la iglesia” (Bullón, 1998. 68). Este personalismo se evidencia en la conocida expresión pentecostal hacia su pastor como: “mi pastor”.

Pero la crítica es parte de la juventud. Todos los que hemos sido jóvenes hemos sido críticos, reflexivos entre nuestros pares. Empero, esas críticas se hacen soterradas, no se permiten al interior de las iglesias. Son consideradas humanas o en lo más extremo diabólicas, pero nunca de parte de Dios. Este ahogamiento de la reflexión, la crítica y la consideración del malestar de los jóvenes, es  lo que produce una despentecostalización,  ya sea yéndose de la iglesia o bien trasladándose al protestantismo histórico. Bien que es la crítica de los jóvenes, lo que permite ver un pentecostalismo distinto. Uno que no se avergüence de ser humano, de errar y de reconocer que la homosexualidad, el embarazo precoz, el divorcio, las infidelidades son parte también del pentecostalismo, sólo que hay que preocuparse de cómo enfrentarlas y no negarlas, como si no existieran en nuestras iglesias sino sólo fuera de ellas. La autocrítica de la juventud nos permite avizorar un futuro dinámico del pentecostalismo y no a estancarse.

Los líderes que dieron origen al pentecostalismo pertenecían a denominaciones protestantes. Entonces nos preguntamos con Foucault “¿cómo se pasó de la pertenencia a la revolución por el esquema de la conversión a la pertenencia a la revolución por la adhesión a un partido?” (Focault, 2006: 2207). Es decir de la revolución religiosa, producto de la desobediencia a la tradición religiosa se transformó en una divinización a una obediencia mal entendida.

De esta forma, “los grandes conversos de nuestros días son quienes ya no creen en la revolución” (Focault, 2006: 2207). Si la esencia de lo religioso es la obediencia, por el cual sin obediencia no hay religión y extensivamente, sin desobediencia no hay pentecostalismo, pero hoy “sólo nos convertimos a la renuncia a la revolución” (Focault, 2006: 2207), es decir, nos hemos convertido a obedecer la herencia religiosa. Hoy hay una lucha entre descarriados y conformistas: indiferentes y/o obedientes a la institución y al sistema político y económico. El pentecostalismo dejó de ser una opción religiosa, se constituyó en una religión del sistema, porque la rebeldía ha sido sepultada ¿quién sabe hasta cuándo? Quizás hasta que sea despertada por el fuego de otro movimiento carismático.

*Sociólogo y Dr. en antropología. Investigador del Instituto de Estudios Internacionales (INTE) de la Universidad Arturo Prat, miembro de la Iglesia Asambleas de Dios en la ciudad de Iquique, Chile.

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Texto publicado originalmente en: Fuego que une: Pentecostalismo y unidad de la iglesia. Bernardo Campos, Iglesia de Dios Evangelio Completo de Guatemala. Guatemala. Reproducido con autorización del autor.

[1] http://www.monasteriohuerta.org/

Bibliografía

Bullon, Dorothy. 1998. Hacia una teología de Avivamiento. Barcelona: CLIE.

Foucault, Michel. 2006. La hermenéutica del sujeto. México: FCE.

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