Por Tony Richie*

El pentecostalismo contemporáneo es, en muchos sentidos, un vástago de la espiritualidad y teología wesleyana-arminiana, a través del Movimiento de Santidad americano[1]. El énfasis de John Wesley en la santificación como una experiencia profunda más allá de la justificación, y en la agencia del Espíritu Santo en la vida cristiana, no solo resultó en la fundación del Metodismo y contribuyó al Movimiento de Santidad sino que eventualmente “se convirtió en un factor primordial en el surgimiento del pentecostalismo”[2]. Diferentes organizaciones pentecostales contemporáneas siguen reclamando esta herencia en diverso grado, y los pentecostales globalmente son ciertamente diversos y se distinguen según sus propias identidades. Sin embargo, la importancia de esta trayectoria histórica es casi universalmente reconocida. Esta afirmación en ninguna manera disminuye la deuda pentecostal a, o la interacción con, otras ramas de la más amplia tradición cristiana. Por el contrario, tiende a abrir posibilidades como esas, pero lo hace desde una perspectiva particular.

El distintivo principal de John Wesley era la perfección cristiana, o “el trabajo continuo del Espíritu Santo en las vidas de los creyentes por el cual son habilitados para amar a Dios con todo su corazón, alma y mente, y a su prójimo como a sí mismos”[3].  Los pentecostales identifican específicamente conversión, santificación, sanidad divina y la segunda venida premilenial de Jesús como temas wesleyanos-arminianos-de-santidad que impactaron en especial las etapas formativas del desarrollo de su movimiento[4]. Junto con Wesley, los pentecostales también afirman la comprensión de la soberanía divina y de la libertad humana según el teólogo reformado holandés Jacobo Arminio. Con los wesleyanos-arminianos, reconciliamos estas polaridades aparentes mirando la elección como algo contingente sobre la presciencia divina de la libertad de elección humana (contra el calvinismo)[5]. La tradición wesleyana-arminiana constituye un enfoque general para hacer teología interconectando componentes vitales para un sistema coherente de pensamiento y práctica.

Sin embargo, la tradición doctrinal wesleyana es amplia y profunda. Mi planteo es que los pentecostales contemporáneos necesitan expandir su percepción para adoptar una visión panorámica. La teología wesleyana enfatiza temas tales como la primacía de la Escritura, Dios como amor santo, la agencia preveniente de la gracia de Dios, la imagen de Dios y la salvación como restauración de la imagen de Dios, el evangelio para el pobre, la sabiduría de Dios en la creación, el avivamiento de la Iglesia y la restauración de toda la creación[6]. Además, la relevancia contemporánea de la teología de Wesley incluye las implicaciones de su doctrina de la gracia preveniente para la misionología, su pneumatología a la luz de los movimientos carismáticos y pentecostales contemporáneos, la mirada terapéutica de la salvación (como sanidad de la enfermedad del pecado), y aplicaciones de su doctrina de la creación a la ética ambiental[7].

¿Cómo luciría el posible retrato de una teología pentecostal amplia y profunda comparable a la citada wesleyana? En este punto solo me es posible bosquejar algunas breves observaciones. Aun así, espero que sea suficiente para sugerir la fertilidad de un enfoque expansivo.

Por supuesto, existe una necesidad continua por la integración intencional del carácter, o fruto del Espíritu, y del carisma, o los dones del Espíritu (Gal 5:22-25; 1 Co 12-14). También, una integración de la piedad eclesial e individual con aspectos comunitarios y sociales de la misión cristiana, continúa siendo una necesidad (Mat 28:19-20; Hch 1:8). Hasta aquí no hay nuevas sorpresas. Posiblemente, mi tercera sugerencia presenta más un obstáculo –o una oportunidad. Sugiero que nuestra herencia wesleyana puede ayudar a los pentecostales a avanzar audaz y valientemente en nuestro desarrollo doctrinal. Cierto es, lanzarse a nuevas áreas o enfoques requiere valor y compromiso (Gal 1:10-24).

Me parece que hemos estado en una postura defensiva por demasiado tiempo. Desde nuestros comienzos hemos tratado de convencer a los críticos de que no somos fanáticos o herejes después de todo. Y por mucho tiempo hemos tratado de establecer fundamentos bíblicos, teológicos e históricos para nuestras creencias y prácticas distintivas. Todo eso está bien y es bueno. Quizá soy muy optimista, pero pienso que al menos hemos ganado una audiencia honesta entre la gente de mentalidad justa. ¿No es acaso tiempo de avanzar? ¡Expandamos nuestros horizontes! ¿Qué nos dice la Imagen de Dios (Imago Dei) en todos los seres humanos acerca del aborto, la sexualidad humana, el género y la raza, o la clonación? ¿Cómo podría la gracia preveniente afectar la misión cristiana a las religiones no cristianas o sin evangelizar? ¿Qué tipo de ecoteología emana de nuestra doctrina de la creación? ¿Cómo podría la salvación escatológica aconsejar un activismo social contemporáneo? ¿Cómo podría una espiritualidad y teología wesleyana-pentecostal autoconsciente hablar específicamente sobre estos y otros asuntos?

Quiero ir más allá de donde estoy sin dejar atrás donde he estado. La tradición doctrinal wesleyana provee a los pentecostales de un paradigma inclusivo y expansivo, a la vez que sólido y sustantivo, para hacer teología en el mundo de hoy. No es el único modelo. Sin embargo, estamos en casa con esta tradición teológica, y ella ofrece, me parece, una trayectoria clara, consistente y coherente.

*Tony Richie enseña teología en el Pentecostal Theological Seminary. Es Obispo ordenado por la Iglesia de Dios (Cleveland, TN).

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Publicado originalmente en Seedbed, 2014. Traducido con autorización. Traducción de Luis Aránguiz Kahn.

[1] Ver  H.V. Synan, “Classical Pentecostalism,” New International Dictionary of Pentecostal and Charismatic Movements, 553. Cp. Howard A. Snyder, “Wesleyanism, Wesleyan Theology,” Global Dictionary of Theology, eds., William A. Dryness and Veli-Matti Kärkkäinen, et al, 931.

[2] Snyder, “Wesleyanism,” 936.

[3] Snyder, “Wesleyanism,” 935.

[4] John A. Sims, Our Pentecostal Heritage: Reclaiming the Priority of the Holy Spirit, 63, 69.

[5] Sims, Our Pentecostal Heritage, 69.

[6] Snyder, “Wesleyanism,” 932-35.

[7] Snyder, “Wesleyanism,” 936.

 

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